El barrio Tarqui, aquel caracterizado por el movimiento comercial y turístico, está acordonado por decenas de cintas que impiden el paso vehicular ante las más de una decena de edificaciones de entre dos y cinco pisos que cedieron con el terremoto vivido en Manta.

Desanimados, como si el tiempo se hubiera detenido, en los pórticos la mayoría espera. Enrique Castillo, de 60 años, ayer observaba cómo el trabajo de su vida se había esfumado en dos minutos a causa de un sismo que interrumpió la película que disfrutaba en el mueble del segundo piso de su hogar.

El plasma cayó de frente y eso motivó para que se levantara, y ante el remezón cayó de unos tres metros de altura hasta la vereda. Los moretones y manchas de sangre permanecían en el cuerpo. Su esposa, Emperatriz Gómez, logró sacar un colchón y parte de un equipo de sonido a la vereda.

Permanecían silenciosos observando lo que era su vivienda. Un amigo cruzó en auto y lo consoló fugazmente: “Tranquilos, amigos, yo también estoy en lo mismo, lo bueno es que estamos vivos” y se marchó. Eso a él como al resto de manabitas les da esperanza de reanudar su vida y “agradecer a Dios estar vivos”, asegura el hombre.

A las 15:00 el sistema eléctrico aún no volvía, mientras la familia Castillo Gómez, como otras decenas, descansaba en colchones. Allí decían haber pasado en vilo la madrugada.

La ciudad era fantasma, pocos ciudadanos caminaban por la zona de la playa el Murciélago, que mantenía una bandera amarilla. No había bañistas. A esa hora el servicio eléctrico no volvía y nadie se enteraba de lo que sucedía en otros sitios.

Mientras, en Bahía de Caráquez el terremoto dejó daños en casas y víctimas, entre ellas una madre, Jennifer Mawn, y su hijo, Arthur, de nacionalidad canadiense, quienes se habían radicado hace poco en Ecuador, y murieron en la tragedia. Su esposo y otra hija sufrieron heridas.