Emocionante e inolvidable. Escogemos dos adjetivos de entre los cien que servirían para calificar a la II Cena del Recuerdo, realizada la noche del lunes por Emelec, como anticipo a la segunda reinauguración del estadio George Capwell. En un sitio amplísimo de la nueva tribuna de la calle San Martín, muchas figuras de varias generaciones de defensores de la divisa eléctrica se reencontraron y departieron, serios unas veces, ocurrentes otras, sobre el tiempo que les tocó vivir en el fútbol.

Como en la cancha, hubo estrellas cuya llegada provocaron un remolino. La primera de ellas fue el legendario José Vicente Loco Balseca. Entre gritos y abrazos el Loco (pelo rubio esta vez, no color charol como en 1991) disfrutaba de su vigente popularidad, pese a que se fue de Emelec hace un poco más de 50 años. Fuimos testigos de algo que enfurece a los enemigos de la historia: jovencitos emelecistas pedían al gran alero derecho de Los Cinco Reyes Magos, y de las dos versiones del Ballet Azul, un autógrafo en una hoja en blanco, un libro o una camiseta. Sus padres o sus abuelos deben haberles contado de sus diabluras y, de seguro, les habrán recalcado que ya no hay jugadores que desaten la euforia que provocaba Balseca cuando se juntaba con Danielito Pinto o en los Reyes Magos con el Pibe Bolaños, el Flaco Raffo, el Maestrito Raymondi, el Pibe Ortega, Galo Pulido, el Chamo Flores, Horacio Reymundo, Juanito Moscol o Clemente de la Torre.

“No sabes la emoción que sentí cuando me llamaron a Nueva York para invitarme. Saber que pese al tiempo los dirigentes y los hinchas no se olvidan de uno, es para sentirse agradecido”, dijo el popular Pepe Viche. “Tú te hiciste famoso por los balones que yo te entregaba cuando jugué de volante”, terció Carol Farah, el más ocurrente de la noche. La historia le debe un reconocimiento a uno de los primeros polifuncionales de nuestro fútbol. Rápido e inteligente, se acomodó donde lo pusieran. Empezó de centrodelantero, luego fue puntero derecho, marcador de punta. “Debuté a los 17 años en el primer equipo y a los 18 jugué en el Campín de Bogotá, ante Millonarios. El puesto no me importaba, yo lo que quería era jugar por mi Emelec”, contó en la parte seria de su interesante charla. Más tarde, Farah hablaba con Alberto Cabaleiro, Carlos Espinosa y Jacinto Astudillo: “A los 85 años todavía juego y soy el único en el mundo que, a esta edad, tengo un representante que maneja mi imagen”. Muy fresco contó después: “Acaba de llamarme Andrea Pirlo. Me ha invitado a que lo acompañe en su partido de despedida en Roma. Estoy pensando si acepto”.

Galo Pulido fue una de la presencias más esperadas. Llegó muy elegante y sonriente. Su compañero Cucho Gómez no lo reconoció al principio . “Debe haberse hecho alguna cirugía”, nos dijo el gran volante de Emelec y las selecciones nacionales. Se confundieron luego en un largo abrazo. Carol hizo la pausa, como siempre: “Voy a contar una anécdota. Jugábamos un preliminar en Quito por el campeonato con el Deportivo Quito, el 19 de enero de 1962. En el de fondo se medían Liga de Quito con el Santos de Pelé. Los brasileños salieron a calentar detrás del arco hacia el que atacábamos nosotros. Yo le elevé el balón a Pulido que estaba en el área y Galo la paró con el pecho. Cuando salió el defensa central, sin dejar que la pelota toque el piso, Galo le hizo un sombrero, el zaguero pasó de largo y el remate de primera terminó en un gol de antología. Lo que voy a decir no es cuento: Pelé saltaba entusiasmado detrás del arco, aplaudía fervorosamente y le hacía señas a Galo como diciendo ¡formidable, magnífico!”.

La memoria de Carolito está intacta, comentaba su compañero Raúl Argüello, otro símbolo azul, capitán por siete años e irremplazable como marcador de punta, aunque en sus inicios fue zaguero central y así jugó en la Selección al primer Sudamericano juvenil en 1954, en Caracas, en el que formó la defensa con el quiteño Góngora y Luciano Macías. Tenemos una larga hermandad con Raúl, quien me mostró una joya que solo luce en ocasiones muy especiales: un reloj Omega Seamaster que en la parte de atrás dice: “Emelec–Premio George Capwell–A Raúl Argüello, mejor futbolista de 1956”. Se lo puso en la muñeca el propio Capwell. Con orgullo nos cuenta: “Es el mayor tesoro de mi vida de jugador”.

Con sus luces encendidas el nuevo Capwell lucía como una gema de Cartier. Imposible, a la hora actual, igualarlo en elegancia y funcionalidad. Corresponde a los dirigentes y a los seguidores de la divisa preservarla del ataque de Atila y los bárbaros disfrazados de barristas. Acabamos de ver de lo que son capaces de esas hordas que se pelean por las prebendas que les otorgan los que confiesan que tienen sesiones con ellos, que los reconocen como apéndice institucional.

Un gigante sepia aparece de repente en medio del grupo en el que estaban Raúl, Cucho, Carol, Jacinto Astudillo –quien jugó en Emelec cuando aún era estudiante vicentino y debutó internacionalmente en una gira a Costa Rica–, y Carlos Maridueña –gran back central de los años 60, de los que ya no hay–: es Lupo Quiñónez, llamado el Tanque de Muisne.

“Sinceramente yo aspiraba a que me invitaran, pero tenía dudas. Hasta que llegó la llamada y me emocioné. Es que este estadio y Emelec fueron padre y madre para mí. Aquí viví yo, en la concentración debajo de la tribuna antigua. Yo venía de Esmeraldas y pensaba que iba a ser difícil habituarme. No fue así, encontré grandes maestros, grandes compañeros. Aquí aprendí a jugar fútbol”, decía Lupo muy emocionado.

Hay tantas historias alegres y solo una triste: la pérdida de la visión de Rubén Beninca, aquel gran jugador uruguayo que un día sometió al Monumental con un golazo. Un acierto de Nassib Neme esta II Cena del Recuerdo y la promesa de muchos de los invitados de reunirmos otra vez para seguir hablando del fútbol alegre, divertido y sin gente con puñales ni pistolas en las gradas.

Fuente: El Universo