Los locales de alojamiento y comida mueven un 6,8 % menos que en 2015. Hay 5.000 establecimientos en Guayaquil. Bajan los precios para sobrevivir.

Por pocos ingresos que tenga una familia, lo último que dejará de hacer es comer. Claro que no es lo mismo cocinar en casa que salir a tomar algo. Por eso es que la estabilidad de la industria de alojamiento y servicios de comida ha sentido, como otras, el impacto de la recesión económica del país. Lo dicen las cifras y también los dueños de establecimientos en Guayaquil.

El Banco Central de Ecuador puso el número: un 6,8 % de caída en el tercer trimestre (último informe sobre el PIB publicado) respecto al mismo período de 2016, pese a mover 1.549 millones de dólares de enero a septiembre. Y los restauradores diseñaron la estrategia: unos cerraron, otros bajaron los precios y otros se buscaron la vida en la informalidad.

A pesar de que existen 5.000 restaurantes que cumplen todos los permisos municipales, la crisis ha borrado de las calles un buen número de establecimientos. Javier Narváez, director de Justicia y Vigilancia del Municipio de Guayaquil, lo confirma: “En el centro de la ciudad hemos visto más locales que cierran. En un balance la tendencia va más por ir cerrando que abriendo este tipo de comercios. Si usted realiza un recorrido verá que hay muchos locales que tenían un negocio de comidas, y que ahora cuelgan el letrero de “se alquila”.

A eso se añade el instinto de supervivencia del desempleado. Cuando se pierde el trabajo, el guayaquileño busca la manera de obtener nuevos ingresos y salir a la calle a vender comida es una práctica común.

Eso se traduce en más competencia y más barata para los locales formales que resisten la estrechez. No les quedó otra opción que bajar los precios e innovar en oferta culinaria.

Alejandro García, gerente de la Parrillada del Ñato, comenta que su negocio tuvo una caída en ventas del 10 %. “Al principio del 2016 hicimos un reajuste en los precios para ser más competitivos, y creo que eso lo ha hecho todo el mundo. Además, asumimos el 14 % del impuesto al valor agregado para no afectar al cliente”, explica. Renovaron su carta, quitando y creando platos para que sean más atractivos para el cliente”. Eso les permitió eludir el ajuste laboral. Es decir, no hubo despidos, pero tampoco nuevas contrataciones.

José Luis Mejía y Cristian Mejía, dueños de los locales Don Mejía, en La Alborada, también bajaron sus precios “para no perder clientela”. Con una caída en ventas del 30 %, crearon “los martes y los miércoles de locura”. Esos días, los platos típicos se venden a dos dólares. “El precio y la calidad permite que las personas sigan viniendo”, concluye.

Al final, el objetivo es dar una oferta a la que el cliente no se pueda negar ni siquiera en plena crisis. Antenor Gaibor, dueño del local Rincón Rústico, en Samanes 4, apostó por crecer en época de recesión y le ha ido bien. Tanto que dice haber tenido un 2016 exitoso. Recibe diariamente 200 clientes y vende 300 platos, con precios que no bajan de los 4,50 dólares. “Lo que me diferencia de otros negocios es que a mí me encanta cocinar, y a las personas les gusta la sazón. Antes solo abríamos los sábados y los domingos, pero ahora abrimos toda la semana y esperamos seguir creciendo. Comenzamos cuatro personas en el local y ahora toda la semana atendemos doce personas”.

Fuente: El Expreso