La Babel mundial
Después de la Segunda Guerra mundial surgieron varios pronósticos en cuanto a que el mundo avanzaría a la integración definitiva entre muchos estados y que después de esa brutal conflagración lo que vendría sería como una especie de pax romana en que la humanidad escaparía de nuevos conflictos y tragedias. La consolidación de varios estados bajo la Unión Soviética, el surgimiento de la Comunidad Económica Europea, como la misma Organización de las Naciones Unidas y otros varios referentes multinacionales en América, Asia y África daban luces sobre esta posibilidad, además de los múltiples tratados y acuerdos de carácter militar para, supuestamente, evitar los ímpetus imperialistas de parte de las naciones más poderosas.
Con el correr de los años, sin embargo, lo que comprobamos es una nueva disgregación que ha logrado el surgimiento de nuevas naciones, así como el despertar o emancipación de otras que habían quedado sometidas a los vencedores de las guerras. La enorme Rusia busca recuperar territorios en Ucrania, China espera el momento de tomar posesión de Taiwan, Israel no cesa de ampliar su zona de influencia en el Medio Oriente, y hasta en los delirios del presidente Trump amenaza con invadir Canadá, Groenlandia y hasta pretende la posesión de Cuba y zonas del mismo México. Aunque valga decir que muy mal le ha ido hasta aquí con sus pretensiones imperiales y es muy posible que su poder se desmorone próximamente por el repudio que despierta en su propia nación.
A decir verdad, lo que ha ocurrido es el distanciamiento de los países europeos y la voluntad de algunos de ellos de mantener su identidad sin correr a parejas con la hegemonía de Estados Unidos que forma parte de esta alianza política, así como del pacto militar de la OTAN. El mismo Pacto de Varsovia ya no existe, y en toda esa zona europea y asiática descollan ahora diversos países de distintos intereses y hasta contrapuestos. Algo parecido a la perdida de gravitación de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y la completa falta de vigencia de alguno tratados a la luz de similitudes ideológicas, tanto de izquierda como de derecha.
Es muy difícil concebir a esta altura cualquier integración territorial que no sea producto de nuevas guerras o invasiones. Ni siquiera el drama del pueblo kurdo ha logrado una solución a su legítima y ancestral aspiración a ser reconocido por el mundo, así como todavía existen colonias en manos de países con los que no comparten ninguna o muy poca identidad. En Centroamérica, en Asia y África, muy especialmente.
Mucho se habla también de la profunda crisis de las Naciones Unidas sometidas al veto riguroso de las potencias que integran su consejo de Seguridad. Comprobándose su completo fracaso en la detención del genocidio israelí, en los bloqueos impuestos cobarde y criminalmente por los Estados Unidos, así como en el retroceso experimentado respectos de aquellos acuerdos destinados a frenar la proliferación nuclear, el fenómeno del calentamiento global y otras serias amenazas a la vida de todo el planeta.
A este escenario de disgregación debemos sumar las profundas desavenencias al interior de las naciones que prácticamente tienen partido por la mitad la voluntad ciudadana de peruanos, colombianos y otros, en lo que también se incluyen Chile y Argentina. En estos días pareciera que lo que más mantiene unidos a muchos pueblos es su común fervor por el fútbol y por algunos fenómenos artísticos y culturales.
Algunas veces los incordios internos pueden explicarse en las distintas ideologías, cultos religiosos y diferencias étnicas, pero cada vez más es posible descubrir que estos desacuerdos toman posesión de territorios, ciudades y regiones propensas a buscar también su ruptura y la consolidación de nuevos estados soberanos. Al rendirle culto desmedido y fanático a la famosa alternancia en el poder, al disenso más que los acuerdos políticos, a la postre fomenta peligrosamente la desintegración geográfica. Con lo cual es muy posible que en un futuro próximo tengamos que enfrentar guerras civiles y fratricidas, especialmente si se mantienen las agudas diferencias entre ricos y pobres.
Un mal que prevalece muy severamente en nuestra propia región con la asimetría económica y social que se mantiene y agudiza. Sin consideración de los principios de justicia e igualdad, con un desprecio horrible por los emigrantes y la discriminación que todavía se ejerce contra los pueblos originarios.
No debe sorprendernos tanto que todavía se pronuncie en nuestros países vecinos la voluntad de recuperar aquellos territorios perdidos hace más de un siglo y que países como estos y otros estén empeñados en fortalecer su capacidad bélica, gastando ingentes recursos que podrían dedicarse al progreso y la paz. Todo con la complacencia de la Casa Blanca, del desquiciado que habita en ella,y del país que más se favorece en el mundo con el tráfico de armas y las guerras.
La falta de acuerdos entre naciones que debieran comportarse como hermanas favorece el poder de las grandes potencias y el criminal negocio de la carrera armamentista.
FUENTE: pressenza.com
