La geografía de la materia. El viaje conceptual y el rigor académico en la obra de Gabriel Manzo
En el ecosistema del arte contemporáneo argentino, pocos nombres condensan con tanta organicidad la práctica del taller, la itinerancia europea y el prestigio académico como el marplatense Gabriel Manzo. Con una trayectoria que ya excede las tres décadas, Manzo ha edificado un idiolecto visual donde la instalación, la escultura y la pintura operan como vasos comunicantes con la historia, la literatura y el entorno geográfico.
La relevancia de su figura, no obstante, excede la mera potencia formal de sus exhibiciones; radica en un profundo respeto intelectual consolidado en las aulas universitarias e institucionales a ambos lados del océano. Lejos de la complacencia, el artista suele señalar que el cuestionamiento y la crítica son los motores reales que validan el valor de una propuesta en los tiempos actuales.
El rumor de su propio renombre le provoca más pudor que orgullo; acaso porque comprende, como suele ironizar, que «un hombre sin detractores no sería digno de habitar este mundo». Sostiene que el elogio acaricia la espalda pero que en los tiempos que corren merece la pena cuestionar su real valor.
En su figura habita un misterio de claroscuros: posee una sensibilidad que araña la fragilidad, una delicadeza casi traslúcida que colisiona de frente con la verdad de su propia geografía corporal. Es el mismo hombre robusto capaz de alzar arboles con los brazos o de diluirse durante dieciséis horas bajo el sol, con las manos agrietadas, arrancándole a las cortezas la memoria de su textura para incorporarla al lienzo.
Fuente: pressenza.com
