Entre agoreros y exploradores de posibilidades
Por Jan Oberg
Vivimos unos tiempos saturados de energía negativa. Los accidentes y desastres copan los titulares; las malas noticias son las que más venden; y las redes sociales rebosan de indignación pero carecen de educación cívica… Por otra parte, el debate público se ha convertido en un teatro de la sospecha. Un solo fallo, una palabra inconveniente basta para condenar todo un logro, un tropiezo es suficiente para borrar toda una vida de trabajo. Los comentaristas o tertulianos compiten por predecir catástrofes. Por si fuera poco la geopolítica y la belicosidad han hecho desaparecer toda mención a la Paz.
Hoy resulta más fácil criticar que reconocer el mérito ajeno; destruir que construir; alimentar el miedo que favorecer la comprensión. Vivimos encerrados en el presente, incapaces de imaginar un futuro posible. ¿A quién parecen importarle ya las alternativas o las soluciones?
En un clima así, defender el pensamiento constructivo se convierte casi en un acto de rebeldía.
Cualquier necio puede empezar una pelea en un bar, o iniciar una guerra. Pero no cualquier necio sabe resolver conflictos, mediar o construir paz. Esas tareas requieren habilidades formadas, imaginación, empatía y un enfoque neutral en el asunto, no tanto en los actores. Sin embargo, nuestra esfera pública ha quedado dominada por quienes solo ofrecen diagnósticos y desesperanza. La mentalidad geopolítica militarizada, hoy profundamente arraigada en los medios occidentales y los think tanks o los comentarios políticos, todo ello eleva a los agoreros a una posición de autoridad. Cuanto más estruendosa es la predicción de catástrofe, más «realista» se la considera.
Esto no es realismo. Es un fracaso fatalista del conocimiento y la imaginación.
El debate dominante en Occidente gira en torno a la seguridad militar, no a las posibles vías hacia la paz en cada caso ni a un mundo mejor en general. Mientras China alberga debates vibrantes sobre estructuras globales futuras; gobernanza; paz; resolución de conflictos; y una ONU reformada a la altura del siglo XXI;… Occidente sigue anclado en una anticuada visión de mundo basada ante todo en lo militar.
La ‘disuasión ofensiva’ (¿no es un oxímoron?), el rearme y los presupuestos militares cada vez mayores se presentan como el camino hacia la paz. ¡Pero si las armas pudieran crear paz, ya viviríamos en paz desde hace décadas!
Incluso las instituciones dedicadas a la investigación para la paz han derivado en favor del pensamiento de seguridad militar, financiados por gobiernos a los que no se atreven a cuestionar. El SIPRI (Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo) es un ejemplo trágico y destacado, como llevo años señalando. La paz, incluso la palabra mismo, ha desaparecido de la ciencia, la política y los medios. Me refiero a la paz verdadera, no a acuerdos de alto el fuego, ni a «negociaciones» que los ignorantes llaman ‘negociaciones de paz’.
El malestar civilizatorio consiste en que «seguridad» ha pasado a significar únicamente seguridad militar y no precisamente ‘seguridad humana o en lo humano’, tampoco seguridad común, ni seguridad de las comunidades, ni de los ecosistemas. Todas las percepciones de amenaza, más o menos inventadas, se refieren a la amenaza militar, Jamás a verdaderos desafíos que tenemos como sociedades pro delante. Todo ello tiene escasa o nula relevancia para la sociedad civil y el bienestar. Lamentablemente, se asienta sobre una suposición errónea y documentada. A saber, —“que la militarización nos llevará de algún modo a un mundo pacífico o, al menos, estaremos más seguros”. En realidad, solo sirve a las élites del complejo militar-industrial-mediático-académico.
Esta causalidad está al revés. Hay que invertirla. Existen caminos mucho mejores hacia la paz.
La paz no nace de las armas. A lo sumo, las armas pueden ayudar a asegurar una paz que ya se ha creado. La paz se construye abordando los conflictos subyacentes. Siempre, sin excepción. Eso exige conocimiento, diálogo, empatía y la capacidad de imaginar un futuro mejor. La razón por la que la paz ha «desaparecido» del discurso occidental es sencilla. La paz exige una competencia olvidada. Exige conocimiento teórico, comprensión y experiencia humana, de la “alteridad” del otro. Exige el trabajo arduo de la transformación de conflictos. Centrarse en las armas, los campos de batalla y los actores es más fácil, pero solo prolonga el militarismo hasta que, Dios no lo quiera, estalle una guerra mayor.
El paradigma de la paz es la gran perspectiva para el futuro: abordar el conflicto que llevó a las partes a la guerra; ayudarles a vislumbrar un futuro mejor mediante el pensamiento creativo de futuros; y aplicarlo con el apoyo de quienes conocen su oficio, por ejemplo, la ONU y otras organizaciones orientadas a la paz. No los gobiernos, que en todo el mundo, sin excepción, carecen de asesores en resolución de conflictos y construcción de paz.
Solo entonces y solo entonces, podrá el mundo reducir sus armas, dejar que las guerras se extingan y redirigir recursos hacia la construcción de un mundo mejor que es eminente posible. Las armas no pueden hacer esto. La adicción a ellas es la peor maldición de la humanidad, tan maldición como la drogadicción o el alcoholismo para el individuo. Solo puede remediarse con un nuevo pensamiento para la paz.
Aquí el contraste se vuelve decisivo.
Los exploradores de posibilidades no subestiman los peligros, los riesgos ni la gravedad del presente. Ven las mismas crisis que ven los agoreros. Pero se niegan a quedarse en el diagnóstico y los falsos pronósticos. Rechazan el falso consuelo del fatalismo. Rechazan la pereza intelectual de deslizarse de «esto es peligroso» a «esto es desesperanzador». En lugar de cerrar la imaginación, la abren: esbozan potenciales, trazan caminos e invitan al diálogo sobre lo que podría construirse en lugar de lo que debe temerse.
Cuestionan las perspectivas limitadas y los supuestos heredados. Insisten en que existen alternativas incluso cuando las instituciones afirman lo contrario. No son utópicos; son profesionales de la prospectiva o eutópicos, en contraste con los distópicos geopolíticos.
En tiempos de fatalismo militarizado, la prospectiva es resistencia intelectual.
Los agoreros hablan con la pesada certeza de quienes han dejado de imaginar. Su atención está fija en el momento inmediato: la crisis del día, la amenaza de la hora, el espectáculo del declive. Presentan el presente como destino, como si la turbulencia actual fuera el único horizonte disponible. La fatalidad es fácil. No exige creatividad, ni responsabilidad, ni propuestas. Es el equivalente intelectual a un encogimiento de hombros.
Por desgracia, el fatalismo tiene una función política muy contraproducente.
Una población convencida de que el futuro ya está perdido es una población que no va a exigir alternativas. El miedo estrecha la imaginación, y la imaginación estrecha sirve a quienes detentan el poder y prefieren la resignación a la reflexión y las alternativas. La fatalidad se convierte en un aliado silencioso del statu quo: si nada puede cambiarse, entonces nada debe cambiarse. Y, lo que es peor, privan a las personas de esperanza y de la voluntad de actuar.
Los exploradores de posibilidades adoptan una postura diferente.
No niegan los riesgos ni las dificultades, pero se niegan a dejar que el presente agote el futuro. Esbozan potenciales e invitan al diálogo sobre posibles soluciones. Desafían perspectivas limitadas, cuestionan supuestos heredados e insisten en que existen alternativas incluso cuando las instituciones afirman lo contrario.
En este sentido, ejercen un deber cívico similar al de un buen médico. El diagnóstico es necesario, pero el diagnóstico solo es mala praxis, y un pronóstico fatalista es irresponsable a menos que se indique qué podría hacerse para evitarlo y curar al paciente. Los profesionales responsables no se limitan a describir lo que está mal; proponen tratamientos, cuidados y sanación. Del mismo modo, los ciudadanos responsables —y los pensadores responsables— deben ofrecer algo más que fatalidad. Deben ofrecer diálogo, esperanza y orientación.
Donde los agoreros dan por terminada la conversación, los exploradores de posibilidades la inician.
Hay quienes creen que trabajar con alternativas constructivas es «ingenuo» o «idealista». Están atrapados en el pensamiento negativo y militarista de nuestros tiempos oscuros. Las élites de poder los amarán por ponerse de su lado y por ser completamente inofensivos.
La paz es una alternativa, eminente posible mediante la educación, el replanteamiento radical, las buenas ideas y la visión.
Jan Oberg, cofundador y director de la Fundación Transnacional para la Paz y la Investigación del Futuro (TFF), independiente sueca — https://transnational.live — desde 1986. Misión: «paz por medios pacíficos». Análisis de conflictos, elaboración de propuestas de paz, educación o mediación en Somalia, Yugoslavia, Georgia, Burundi, Irak, Irán y Siria. Desde 2018, centrado principalmente en China.
FUENTE: pressenza.com
