julio 21, 2026
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Cuando un GOL vale más que una vida

Hay días en los que un país entero parece detenerse. Las calles se vacían, los bares se llenan, las familias se reúnen frente a una pantalla y millones de personas contienen la respiración al mismo tiempo. Juega la selección. Juega nuestro equipo. Hay banderas en los balcones, camisetas, bufandas, viajes de cientos o millas de kilómetros, entradas que pueden costar una pequeña fortuna y celebraciones preparadas para una posible victoria. Durante noventa minutos desaparecen muchas diferencias. Personas que jamás se han visto se abrazan cuando llega un gol. Izquierdas y derechas, ricos y pobres, jóvenes y mayores gritan juntos. Todo un país puede convertirse, por unas horas, en una sola voz.

Y yo me pregunto: si somos capaces de unirnos así por un balón, ¿por qué no somos capaces de unirnos para defender una vida?

No tengo nada contra el fútbol. El deporte puede ser hermoso, emocionante y una extraordinaria forma de convivencia. El problema comienza cuando contemplamos las prioridades de nuestra sociedad y descubrimos una contradicción difícil de justificar. Mientras el fútbol profesional mueve cantidades gigantescas de dinero, mientras algunos jugadores cobran salarios que una familia trabajadora no conseguiría reunir en varias vidas, mientras se pagan fortunas por fichajes, derechos televisivos, publicidad, estadios y competiciones, millones de seres humanos siguen luchando por conseguir algo tan elemental como agua potable, alimentos, una escuela, medicamentos o un centro de salud.

Un futbolista marca un gol y millones de personas saltan de alegría. Un indígena enferma porque su comunidad carece de atención sanitaria y apenas ocupa unas líneas en algún periódico, si es que llega a ocuparlas. Un equipo pierde una final y vemos lágrimas, indignación, debates durante días y aficionados diciendo que aquello es una tragedia. Pero una comunidad indígena pierde sus tierras, su bosque, su río, su lengua o incluso a sus hijos por enfermedades evitables y el mundo continúa como si nada hubiera sucedido.

¿Qué clase de escala de valores hemos construido?

En muchos lugares del planeta, los pueblos indígenas continúan abandonados por los mismos Estados que deben protegerlos. Comunidades enteras sobreviven sin agua potable, sin una asistencia sanitaria digna, sin escuelas adecuadas, sin caminos transitables y viendo cómo sus territorios ancestrales son invadidos, contaminados o explotados. Son pueblos que han protegido durante generaciones bosques, ríos y ecosistemas que hoy resultan esenciales para combatir la crisis climática y conservar la biodiversidad. Sin embargo, cuando reclaman sus derechos, demasiadas veces reciben silencio, abandono, promesas incumplidas o represión.

Y mientras tanto, el espectáculo continúa.

No deberíamos preguntarnos cuánto gana un futbolista para señalarlo individualmente como culpable. El verdadero problema es mucho más profundo. Debemos preguntarnos qué sociedad hemos construido para considerar normal que el entretenimiento pueda mover fortunas inmensas mientras garantizar derechos humanos fundamentales parece siempre demasiado caro.

Para levantar un gran estadio aparecen inversiones. Para organizar una competición internacional aparecen patrocinadores, empresas y administraciones. Para pagar derechos televisivos aparecen millones. Para fichar a una estrella aparecen cifras astronómicas. Pero cuando una comunidad pide un pozo de agua, una pequeña escuela, una ambulancia, medicamentos o un dispensario, entonces aparecen las dificultades, los expedientes, las competencias administrativas, la falta de presupuesto y las eternas promesas.

Para el espectáculo hay urgencia. Para la pobreza hay paciencia. Para el negocio hay dinero. Para los olvidados hay excusas.

Quizá lo más inquietante sea comprobar nuestra extraordinaria capacidad para movilizarnos cuando queremos. Si nuestro equipo llega a una final, miles de personas recorren kilómetros, compran billetes de avión, pagan hoteles, adquieren camisetas y entradas y esperan durante horas para entrar en un estadio. Las plazas se llenan. Las ciudades colocan pantallas gigantes. Los medios retransmiten cada detalle. Las autoridades preparan dispositivos especiales. Si llega la victoria, cientos de miles salen a las calles.

FUENTE: pressenza.com