julio 21, 2026
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Final generacional

La selección española se coronó campeona de la Copa Mundial de Fútbol 2026. En una inobjetable victoria, el combinado de “La Roja” venció al de Argentina en el período de alargue por un tanto contra cero. Los argentinos resistieron el asedio rival e intentaron hasta el final llegar al empate que les hubiera permitido dirimir el pleito por penales.

Desde un punto de vista deportivo, la diferencia entre ambos equipos no residió en los talentos individuales ni tampoco en el planteo táctico. Ni siquiera la expulsión del mediocampista argentino Enzo Fernández, si bien dejó a los albicelestes en inferioridad numérica, fue el factor decisivo ya que los españoles mantuvieron el dominio durante casi todo el encuentro.

La razón de la disparidad y del resultado estuvo dada en gran medida por la cuestión física. Y más allá del estado coyuntural, que pudiera estar influido por factores del momento, por la diferencia generacional.

Si bien en razón de la vivencia acumulada en ocasiones la llamada «experiencia» puede actuar como argumento a favor de los de mayor edad, operó en esta final volcando la balanza hacia el lado más joven.

Mientras Argentina salió a la cancha con un promedio de edad apenas menor a los 30 años, la escuadra española exhibió un once cuyo promedio no alcanzaba los 27. Destacadas fueron las presencias de Lamine Yamal y Pau Cubarsí – este último elegido como joven figura del torneo – ambos menores a los 20 años de edad. Mientras que en el equipo argentino, gran parte de la magia residía en Lionel Messi, de 39.

Tal diferencia se vio reflejada en que los futbolistas argentinos no lograban equilibrar a los españoles, cuyos laterales se sumaban al ataque y volvían con mayor facilidad a sus posiciones, haciendo parecer que su equipo contaba con superioridad numérica desde el mismo inicio del partido.

Tampoco podrían ser efectivos los sudamericanos en sus posibles contragolpes, evidenciando desventajas en las corridas por la pelota.

Pero el interés de este artículo no es el de hacer un extenso análisis futbolístico, sino ambientar otras reflexiones. Aun así, para abundar en el argumento central, nos detenemos algo más en lo ocurrido luego del partido.

Una ceremonia sin alma

Como es habitual en este tipo de torneos, al juego propiamente dicho se sucede la ceremonia de premiación. En esta ocasión, no le cupo solo al muy cuestionado presidente de la institución organizadora entregar los galardones, sino que salió al campo acompañado por el presidente estadounidense Donald Trump. Una muestra más del “excepcionalismo” que se arroga la clase dirigente de los Estados Unidos y que personifica el actual presidente con sus actitudes monárquicas. El abucheo que el público propinó a ambos fue expresión inequívoca del rechazo que suscitan en la mayoría estas personas y sus actitudes.

A continuación, Infantino y Trump colgaron las medallas del cuello de los jugadores, quienes en larga hilera debieron saludar también a la presidenta de México, al primer ministro de Canadá, al monarca del reino español y a los presidentes de las federaciones de fútbol de España y Argentina, quienes completaron el cuadro casi como una comparsa de extras. La formalidad obligada se quebró solo cuando algunos jugadores de Argentina pasaron por alto la mano extendida del presidente estadounidense.

Finalmente, los ya nombrados Infantino y Trump entregaron el trofeo al capitán español Rodrigo Hernández y en un hecho insólito, los jugadores tuvieron que esperar su merecido festejo hasta que el presidente de la FIFA pidiera al estadounidense retirarse de la escena, cosa que luego de su inicial reticencia tuvo que hacer.

Esa fue la imagen que nos lleva a este comentario. La resistencia que oponen los vetustos dirigentes a abandonar la escena.

Gerontocracia

La manía de permanecer en el poder y ocuparlo como si se le hubieran otorgado prerrogativas de poder absoluto no es solamente un rasgo particular del octogenario presidente de los Estados Unidos. Es un vicio compartido por una gran parte de la dirigencia política, con algunas honrosas excepciones, generalmente exigidas por las respectivas constituciones nacionales.

En la Antigua Esparta, existía una institución llamada Gerusía constituida por 28 ancianos (geros en griego) y los 2 reyes de la diarquía gobernante y que obraba como consejo consultivo.

Los gerontes eran elegidos por viva voz del pueblo, por aclamación. Un grupo de hombres, situados en un edificio separado, determinaban qué candidato, sin saber de quien se trataba, había recibido el griterío más fuerte de aprobación, al atravesar la asamblea popular, por turno elegido al azar. Si estos árbitros hubieran presenciado la silbatina del domingo, ni Trump ni Infantino tendrían posibilidad alguna de ser elegidos.

Pero diversos pueblos también han insertado en sus valores el culto a los mayores, confiriéndoles el aura de la sabiduría tan solo en razón a su edad. Esto ha servido, hasta hoy, para que muchos líderes permanezcan en sitiales de privilegio forzando cláusulas legales y recurriendo a la persecución de figuras opositoras para lograrlo.

Pudiera argumentarse que, en muchos países, la permanencia en zona cercana al poder es una metodología de supervivencia, a falta de otras. En un nivel primario de comprensión, eso podría motivar el apoyo de quienes acompañan la llegada al poder y la entronización de alguien que mantiene a sus adeptos, conformando una especie de “corte” a su alrededor.

Sin embargo, este fenómeno de anquilosamiento no es exclusivo del ámbito político y puede ya observarse en muy diversos espacios sociales. Esta tendencia a la conservación extrema de roles y funciones aparece, en este tiempo de veloces mutaciones como un anacronismo total.

La pregunta es porqué, siendo el ser humano un ser esencialmente cambiante y dinámico, un ser histórico que modifica con su acción no solo el entorno circundante sino su misma naturaleza, adhiere a estas inercias que invariablemente lo hacen retroceder.

¿Acaso son los hábitos incrustados en la memoria los que luchan por sobrevivir frente al poderío de la imaginación? ¿O quizás, es justamente como compensación a esa impermanencia radical por lo que se busca inmovilizar el presente y se pretende evitar el inevitable cambio futuro?

¿Será el sentimiento de nostalgia ante la pérdida de los esquemas de un mundo ya superado lo que impide aceptar y cabalgar a lomos de la dinámica histórica?

¿Es el miedo de sucumbir al inexorable recambio generacional el que lleva a las generaciones precedentes a pretender afirmarse en el poder? ¿Qué motiva la resistencia? ¿Acaso el falso temor a caer en la absoluta irrelevancia social? ¿Cuál es la fuerza que se opone a que las nuevas generaciones asuman su papel creativo?

¿O es que aun no hemos descubierto nuestra verdadera naturaleza y seguimos prisioneros de conceptos acuñados en épocas donde lo aceptado como verdad inmutable era considerado «científico» y luego trasladado a la comprensión de lo humano?

¿Qué nos impide asir con fuerza nuestra intencionalidad y proyectar más allá de toda traba un mundo de iguales oportunidades de desarrollo para todo ser humano?

No nos cabe duda que ese poder reside en nosotros y ningún dirigente retrógrado podrá impedirlo, porque eso es parte de una intención humana que se extiende y afirma cada vez más.

Una voz interna me sugiere concluir el comentario, susurrando que el Mundial ya fue. Sí, me digo, pensando una vez más en quienes parecen dirigir los acontecimientos actuales…, el Mundial también.

FUENTE: pressenza.com