julio 28, 2026
Portada » Blog » Xi Jinping, la inteligencia artificial y el nacimiento de un nuevo proyecto de gobernanza mundial

Xi Jinping, la inteligencia artificial y el nacimiento de un nuevo proyecto de gobernanza mundial

Ensayo interpretativo y lectura crítica de un documento fundacional

El discurso pronunciado por el presidente chino Xi Jinping en la apertura de la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial 2026 trasciende ampliamente el debate tecnológico. Su propuesta sitúa la inteligencia artificial en el corazón de la reorganización del orden internacional y plantea que su desarrollo, seguridad y distribución no pueden quedar sometidos al monopolio de unas pocas corporaciones o potencias. Detrás de conceptos como apertura, colaboración, beneficio compartido, diálogo entre civilizaciones y fortalecimiento del Sur Global emerge una tesis de mayor alcance: la paz y la estabilidad futuras dependerán de la capacidad de la humanidad para construir colectivamente las reglas de una infraestructura que transformará todos los ámbitos de la vida.

Introducción

Los discursos fundacionales rara vez son reconocidos como tales en el momento en que se pronuncian.

En general, su verdadera dimensión solo se comprende años o décadas después, cuando los procesos que anunciaban ya han transformado las instituciones, las economías, las relaciones de poder y la vida cotidiana. Antes de convertirse en acontecimientos, los grandes cambios históricos suelen formularse como ideas, doctrinas, declaraciones, programas o preguntas dirigidas a una época que todavía no alcanza a comprender plenamente su alcance.

El discurso pronunciado por el presidente de China, Xi Jinping, el 17 de julio de 2026, durante la apertura de la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial y la Reunión de Alto Nivel sobre Gobernanza Global de la Inteligencia Artificial, celebradas en Shanghái, pertenece potencialmente a esa categoría.

Su título contiene ya una definición política: “Aunar esfuerzos para construir un sistema justo y equitativo de gobernanza global de la inteligencia artificial”.

No se trata de una conferencia técnica sobre modelos generativos, capacidad computacional, automatización industrial o ventajas comerciales. Tampoco es solamente una presentación de los avances chinos en esta materia. El núcleo del discurso está situado en otro plano: quién establecerá las normas de la inteligencia artificial, con qué legitimidad, bajo qué instituciones, para beneficio de quiénes y según qué concepción de la convivencia internacional.

Xi comienza recordando que han transcurrido setenta años desde el encuentro de Dartmouth, realizado en Estados Unidos en 1956 y generalmente considerado uno de los momentos fundacionales de la inteligencia artificial como campo de investigación. Desde esa referencia histórica, compara la transformación en curso con la máquina de vapor, la electricidad e Internet: tecnologías que no solo introdujeron nuevos instrumentos, sino que reorganizaron las formas de producción, comunicación y vida social.

La comparación es decisiva. Sitúa la inteligencia artificial en la categoría de las infraestructuras civilizatorias.

Una infraestructura civilizatoria no es simplemente una tecnología que se utiliza dentro de una sociedad. Es una tecnología que modifica la sociedad que la utiliza. Reorganiza el trabajo, el conocimiento, la educación, la administración del Estado, la seguridad, la medicina, la producción cultural, el ejercicio del poder y la relación entre los seres humanos y las máquinas.

Por esa razón, la pregunta central ya no puede limitarse a qué país producirá el sistema más avanzado o qué empresa alcanzará primero una inteligencia artificial general. La pregunta decisiva es quién escribirá las reglas de la nueva infraestructura cognitiva del planeta.

El discurso de Shanghái ofrece una respuesta china a esa pregunta.

No una respuesta exclusivamente nacional, al menos en su formulación declarada, sino una propuesta de arquitectura internacional basada en cuatro principios: apertura y beneficio compartido; seguridad y control humano; inclusión y aprendizaje entre civilizaciones; solidaridad y gobernanza multilateral.

Esos principios contienen una concepción del orden mundial. Leídos de manera conjunta, sostienen que la inteligencia artificial no debe desarrollarse como un patrimonio exclusivo de unas pocas potencias, como un arma de contención geopolítica ni como una tecnología separada de los problemas de desigualdad que atraviesan a la humanidad.

La IA aparece, en cambio, como una creación acumulativa del conocimiento humano y, por tanto, como un bien cuya gobernanza debe incorporar a la comunidad internacional.

Esta es la tesis que organiza el presente análisis:

La inteligencia artificial es el vehículo visible. La propuesta de fondo es una nueva arquitectura de gobernanza mundial.

Una arquitectura en la que la colaboración no constituye un instrumento secundario de la paz, sino una de sus condiciones estructurales.

I. Un discurso pronunciado en un punto de inflexión

El discurso de Xi no puede comprenderse aisladamente del momento histórico en que fue pronunciado.

La humanidad atraviesa una convergencia de transformaciones que, por separado, ya serían suficientes para modificar el sistema internacional: aceleración tecnológica, automatización, crisis climática, desplazamiento del eje económico hacia Asia, debilitamiento relativo de las instituciones multilaterales, guerras prolongadas, fragmentación comercial, reorganización de las cadenas de suministro, crecimiento político del Sur Global y disputa por el control de las infraestructuras digitales.

La inteligencia artificial se incorpora a este escenario no como un sector más de la economía, sino como una tecnología transversal capaz de alterar todos los demás sectores.

Por esa razón, la carrera tecnológica se ha convertido rápidamente en una carrera geopolítica.

Los semiconductores avanzados, los centros de datos, los minerales críticos, las redes energéticas, la computación en la nube, los modelos fundacionales, los algoritmos, los datos y el talento científico ya forman parte de la infraestructura estratégica de los Estados.

El lenguaje de la innovación convive crecientemente con el de la seguridad nacional.

Estados Unidos y sus aliados han impuesto restricciones a la exportación de determinados chips, equipos de fabricación y tecnologías avanzadas hacia China. Beijing, por su parte, ha acelerado la sustitución tecnológica, fortalecido su industria doméstica y desplegado una estrategia que combina planificación estatal, mercado, investigación científica, producción industrial y cooperación internacional.

La IA ha dejado de ser únicamente un espacio de experimentación científica.

  • Es territorio de soberanía.
  • Es capacidad productiva.
  • Es poder militar.
  • Es control informativo.
  • Es conocimiento acumulado.
  • Es capacidad de planificación.
  • Es la posibilidad de establecer los estándares sobre los que operará una parte creciente de la economía y de la vida social.

En ese contexto, Xi formula varias preguntas que condensan el dilema civilizatorio: cómo convivir con máquinas capaces de “pensar”; cómo proteger la seguridad cuando los algoritmos intervienen en la toma de decisiones; cómo enfrentar los problemas éticos mediante una gobernanza capaz de adaptarse; y cómo conseguir que la inteligencia artificial llegue a todos cuando la brecha tecnológica continúa ampliándose.

No son preguntas orientadas exclusivamente a ingenieros.

Son preguntas políticas, jurídicas, filosóficas y sociales.

Interpelan la relación entre el poder humano y las máquinas, la responsabilidad ante decisiones automatizadas, la concentración de capacidades en grandes empresas y potencias, y la posibilidad de que una tecnología nacida de la acumulación histórica del conocimiento humano profundice las desigualdades existentes.

En este punto se produce uno de los desplazamientos conceptuales más importantes del discurso: el problema de la inteligencia artificial no se define solo por lo que esta puede hacer, sino por el sistema de relaciones bajo el cual será desarrollada.

La tecnología no aparece separada del orden político.

La pregunta sobre la IA es también una pregunta sobre el mundo.

II. De la carrera tecnológica a la disputa por las reglas

Una lectura superficial del escenario contemporáneo podría concluir que Estados Unidos y China compiten por desarrollar los mejores modelos, fabricar los chips más avanzados o liderar los mercados de la automatización.

Todo eso es real, pero insuficiente.

La competencia más profunda no se libra únicamente dentro del sistema tecnológico. Se libra por la capacidad de definir el sistema.

Quien establece las normas, los estándares, las instituciones, los protocolos de seguridad y los criterios de legitimidad no solo participa en el desarrollo tecnológico: condiciona el espacio en el que deberán actuar los demás.

Esta es una forma de poder estructural.

No consiste simplemente en obligar a otros actores a hacer algo. Consiste en configurar las condiciones dentro de las cuales esos actores tomarán sus decisiones.

Durante buena parte del siglo XX, las instituciones centrales del orden económico y político internacional fueron diseñadas bajo una clara hegemonía occidental. Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el sistema de Bretton Woods, la Organización Mundial del Comercio y numerosas estructuras regulatorias surgieron de correlaciones de fuerza históricas en las que Estados Unidos y Europa ocupaban el centro.

Aunque muchas de esas instituciones adquirieron un carácter multilateral y realizaron contribuciones esenciales, la distribución del poder en su interior nunca dejó de reflejar, en distintos grados, el orden del que provenían.

La inteligencia artificial abre ahora un nuevo espacio de institucionalización.

Las reglas todavía no están cerradas.

No existe un gobierno mundial de la IA.

No existe una autoridad única capaz de establecer normas universales.

Coexisten regulaciones nacionales, marcos regionales, compromisos voluntarios, principios empresariales, iniciativas de Naciones Unidas y propuestas formuladas por distintas potencias.

Estamos, por tanto, ante una fase constituyente.

Xi interviene en ese momento para afirmar que el diseño de la gobernanza no puede convertirse en el privilegio de un grupo reducido de países. Su propuesta insiste en la coordinación de estrategias, normas y estándares técnicos, con Naciones Unidas como espacio central de legitimación y con una participación ampliada del Sur Global.

En otras palabras, China no se presenta ya solamente como usuaria, fabricante o competidora tecnológica.

Se presenta como productora de instituciones.

Ese tránsito es históricamente significativo.

Durante décadas, China fue descrita como la fábrica del mundo. Luego como la gran potencia comercial emergente. Más tarde como competidora tecnológica. El discurso de Shanghái evidencia una etapa adicional: China aspira a intervenir en la escritura de las reglas internacionales.

Existe una diferencia cualitativa entre ascender dentro de un orden y participar en la construcción del orden.

La primera acción modifica la posición de un país.

La segunda modifica la estructura del sistema.

III. Primer eje: la inteligencia artificial como infraestructura del nuevo orden internacional

El primer eje del discurso consiste en elevar la IA desde el plano tecnológico al plano civilizatorio.

Xi relaciona explícitamente la actual revolución con la máquina de vapor, la electricidad e Internet. No es una analogía ornamental. Cada una de esas tecnologías transformó la organización del poder.

La máquina de vapor multiplicó la producción, reorganizó el trabajo y sostuvo la expansión de las economías industriales.

La electricidad modificó las ciudades, la industria, la comunicación y la vida doméstica.

Internet reorganizó la circulación de información, las finanzas, el comercio, la política y las relaciones sociales.

La inteligencia artificial añade una dimensión nueva: interviene en la producción de conocimiento, en la clasificación de la realidad y en la toma de decisiones.

No solo ejecuta tareas.

Selecciona, predice, jerarquiza, recomienda, interpreta y produce contenidos.

Puede asistir a un médico, controlar una fábrica, organizar el tránsito, redactar una ley, identificar un rostro, dirigir un arma, evaluar a un trabajador, predecir una conducta, diagnosticar una enfermedad o construir una narrativa política.

Por ello, gobernar la IA significa gobernar una capa transversal de la vida social.

El discurso reconoce este problema cuando plantea la necesidad de mantenerla bajo control humano, establecer leyes y reglamentos, crear sistemas de monitoreo tecnológico, alertas tempranas y respuestas de emergencia, y prevenir tanto el abuso como el uso malicioso.

Pero la propuesta va más allá de la contención de riesgos.

Xi sostiene que la IA debe convertirse en un motor de prosperidad compartida y seguridad común.

La expresión “seguridad común” es particularmente relevante. Se opone a una concepción según la cual un Estado puede construir su propia seguridad reduciendo las capacidades de los demás.

En el discurso, la seguridad de la inteligencia artificial no debería organizarse como un juego de suma cero.

La gobernanza global aparece así como un intento de impedir que la infraestructura cognitiva del siglo XXI se fragmente en sistemas cerrados, bloques tecnológicos incompatibles y jerarquías permanentes de acceso.

No se trata solo de impedir accidentes algorítmicos.

Se trata de evitar que la estructura tecnológica reproduzca y profundice la estructura desigual del poder mundial.

IV. Segundo eje: la disputa no es solo por la tecnología, sino por las normas

El segundo eje reside en la confrontación entre dos tendencias.

La primera entiende la inteligencia artificial como una capacidad estratégica que debe protegerse, restringirse y utilizarse para mantener ventajas nacionales.

La segunda sostiene que, aun reconociendo los riesgos y los intereses estatales, la naturaleza transnacional de la IA exige cooperación, estándares compartidos y mecanismos multilaterales.

El discurso de Xi se sitúa claramente en esta segunda formulación.

Su primer principio es la apertura. Llama a promover el código abierto, la colaboración, el intercambio y la aplicación de la IA en la economía real. Su objetivo declarado es que las industrias tradicionales, los nuevos sectores y las actividades futuras puedan beneficiarse de ella.

Sin embargo, el discurso introduce inmediatamente un límite: la apertura debe coexistir con seguridad, regulación y control humano.

No propone una circulación tecnológica sin normas.

Propone una gobernanza abierta, pero no desregulada.

Esta combinación es importante porque evita una falsa dicotomía frecuente en el debate: o libertad absoluta de innovación o control autoritario.

El verdadero problema consiste en construir instituciones capaces de permitir la innovación sin entregar a las corporaciones o a los Estados un poder sin supervisión.

La formulación china debe ser examinada críticamente, por supuesto. Como cualquier proyecto normativo impulsado por una gran potencia, está ligado también a intereses nacionales, necesidades de legitimidad y objetivos estratégicos.

Pero reconocer esos intereses no elimina la relevancia de la propuesta.

Todas las grandes arquitecturas internacionales han sido formuladas por actores que poseían intereses.

La cuestión no consiste en imaginar una política desinteresada, sino en analizar qué instituciones se proponen, qué grado de participación admiten, qué derechos protegen, cómo distribuyen los beneficios y qué mecanismos establecen para limitar el poder.

En Shanghái, Xi rechazó expresamente la ampliación desmedida del concepto de seguridad nacional en el campo de la IA y la idea de colocar la seguridad de un país por encima de la de los demás.

El destinatario implícito es evidente.

Las restricciones tecnológicas impuestas a China son presentadas por Beijing no como simples controles comerciales, sino como intentos de conservar una jerarquía tecnológica mediante la exclusión.

Desde la perspectiva estadounidense, en cambio, esas medidas se justifican por riesgos militares, seguridad nacional, protección de tecnologías sensibles y defensa de ventajas estratégicas.

La tensión entre ambas posiciones define una parte central del conflicto contemporáneo.

No existe aquí una disputa entre una política puramente cooperativa y otra puramente competitiva. China también protege capacidades, regula datos, desarrolla tecnologías estratégicas y persigue autonomía.

La diferencia se encuentra en el proyecto normativo que cada actor presenta al exterior.

El discurso de Shanghái busca convertir la apertura y la cooperación en fuentes de legitimidad internacional frente a una política occidental percibida por muchos países como crecientemente restrictiva.

Esta disputa será decisiva para el Sur Global.

Porque, para numerosos Estados, el problema no es elegir entre Washington y Beijing en términos ideológicos. Es acceder a tecnología, infraestructura, formación, financiamiento y capacidad regulatoria sin quedar atrapados en una nueva relación de dependencia.

V. Tercer eje: la seguridad común frente a la fragmentación tecnológica

La seguridad ocupa un lugar central en el discurso.

Pero no es presentada únicamente como protección frente a sistemas descontrolados, ataques cibernéticos, manipulación algorítmica o armas autónomas.

También se refiere a la seguridad que surge de un orden internacional menos fragmentado.

Xi afirma que la IA debe permanecer bajo control humano y que es necesario responder a sus riesgos inherentes y derivados. Al mismo tiempo, rechaza el uso expansivo de la seguridad nacional para frenar el desarrollo tecnológico de otros países.

Estas dos proposiciones deben leerse conjuntamente.

La primera reconoce que la tecnología requiere límites.

La segunda advierte que el lenguaje del riesgo puede convertirse en instrumento de poder.

La seguridad, en efecto, nunca es un concepto neutral.

Quien define qué constituye una amenaza obtiene capacidad para prohibir, excluir, sancionar y controlar.

En el campo de la IA, esa capacidad puede determinar quién accede a chips avanzados, qué laboratorios participan en redes internacionales, qué modelos pueden circular, qué empresas operan en determinados mercados y qué países permanecen relegados a consumir tecnologías que no controlan.

La fragmentación tecnológica podría producir un mundo compuesto por ecosistemas incompatibles, redes separadas, estándares rivales y cadenas de suministro sometidas a alineamientos políticos.

En ese escenario, la inteligencia artificial no uniría a la humanidad.

Reproduciría digitalmente la lógica de los bloques.

Xi ha mantenido esta crítica en discursos anteriores. En su intervención ante el Foro Económico Mundial de 2022 defendió la integración frente al desacoplamiento, pidió reglas para la IA y la economía digital basadas en consultas amplias y rechazó la construcción de “patios exclusivos con muros altos” y sistemas paralelos. También vinculó la coexistencia pacífica con la cooperación de beneficio mutuo y sostuvo que la confrontación no resuelve los problemas, sino que puede producir consecuencias catastróficas.

La continuidad es evidente.

El discurso de 2026 no representa una improvisación motivada únicamente por las restricciones actuales.

Es la aplicación al campo de la inteligencia artificial de una línea discursiva sostenida durante años: interdependencia, rechazo al desacoplamiento, multilateralismo, cooperación y desarrollo compartido.

Esto permite comprender que, en la visión presentada por Xi, la colaboración no es una concesión moral ni una etapa posterior a la estabilidad.

Es uno de sus cimientos.

La secuencia argumental puede formularse así:

  • Respeto a la diversidad
  • Diálogo entre civilizaciones
  • Consulta amplia
  • Construcción conjunta
  • Beneficio compartido
  • Desarrollo
  • Seguridad común
  • Estabilidad
  • Paz

No se trata de afirmar que la política exterior china real reproduce siempre de manera perfecta ese esquema. Ninguna potencia coincide plenamente con la imagen normativa que construye de sí misma.

Pero sí se trata de reconocer que esa secuencia constituye un elemento persistente del pensamiento diplomático expresado por Xi Jinping.

VI. Cuarto eje: la colaboración como arquitectura de la paz

Este es uno de los núcleos más profundos del discurso.

Xi no presenta la cooperación como una herramienta útil para administrar relaciones internacionales que, en su esencia, continuarían gobernadas únicamente por la confrontación.

La presenta como el principio organizador de un orden estable.

En sus discursos, la colaboración aparece en múltiples planos: desarrollo, infraestructura, comercio, salud, seguridad, cultura, ciencia, educación, clima, tecnología y gobernanza.

La Franja y la Ruta fue definida en 2023 mediante los principios de planificación conjunta, construcción conjunta y beneficio compartido. En esa misma intervención, Xi sostuvo que el espíritu de la antigua Ruta de la Seda se basaba en la paz y la cooperación, la apertura, la inclusión, el aprendizaje mutuo y el beneficio recíproco.

En el Foro Económico Mundial de 2022 afirmó que la cooperación era el único camino adecuado para enfrentar una crisis global y describió a los países no como pequeñas embarcaciones aisladas, sino como pasajeros de un mismo gran barco.

En Shanghái, la misma lógica se expresa mediante una imagen distinta: “Una sola cuerda no puede producir música y un solo árbol no forma un bosque”. La inteligencia artificial, sostuvo, no debe convertirse en la actuación solitaria de un país, sino en una “sinfonía de cooperación internacional”.

La recurrencia de estas imágenes no es accidental.

  • El barco compartido
  • La sinfonía
  • El bosque
  • La Ruta de la Seda
  • El jardín de las civilizaciones

Todas representan sistemas compuestos por elementos diferentes cuya existencia depende de la relación.

No proponen borrar la diversidad, sino coordinarla.

En esta concepción, la paz no es simplemente ausencia de guerra.

Es la existencia de relaciones suficientemente densas, justas y recíprocas como para que la guerra deje de ser considerada una solución racional.

La colaboración produce interdependencia.

La interdependencia genera intereses compartidos.

Los intereses compartidos crean incentivos para la estabilidad.

La estabilidad permite el desarrollo.

Y el desarrollo refuerza las condiciones materiales de la paz.

Podemos sintetizar esta visión en una formulación interpretativa:

En el pensamiento político expresado por Xi Jinping, la colaboración no constituye un instrumento de la paz; constituye su arquitectura.

Esta frase no es una cita textual del mandatario chino.

Es una conclusión que emerge de la lectura transversal de sus discursos.

Y debe ser sometida a un análisis crítico.

La interdependencia no elimina automáticamente la guerra. La historia demuestra que países profundamente conectados también pueden entrar en conflicto. El comercio no basta para neutralizar el nacionalismo, la disputa territorial, el militarismo o la lucha por la hegemonía.

Sin embargo, de ello no se sigue que la cooperación sea irrelevante.

Se sigue que debe estar acompañada por instituciones, reglas, mecanismos de resolución de controversias y una distribución razonablemente justa de sus beneficios.

La colaboración sin equidad puede convertirse en dependencia.

La interdependencia sin instituciones puede convertirse en vulnerabilidad.

La paz duradera requiere, por tanto, algo más que vínculos: requiere una arquitectura que impida que esos vínculos sean utilizados como instrumentos de coerción.

Es precisamente en este punto donde el discurso conecta la colaboración con la gobernanza.

VII. Quinto eje: el Sur Global y la posibilidad de una nueva injusticia histórica

Uno de los pasajes más relevantes del discurso es la advertencia de Xi sobre la posibilidad de crear una “nueva injusticia histórica” en la era de la inteligencia artificial.

La frase merece atención.

No habla simplemente de una brecha técnica.

FUENTE: pressenza.com