noviembre 6, 2026
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Un gran triunfo internacional en los cielos chilenos

Un extraordinario descubrimiento astronómico reúne el talento de científicos de distintas naciones y nos entrega una esperanza: si la cooperación mundial es posible en la ciencia, también podemos aspirar a construir la paz entre los pueblos.

Por: Rubén Basay Roberts*
Mientras las guerras, los conflictos y las divisiones ocupan los titulares internacionales, desde los cielos de Chile surge una noticia que merece recorrer el planeta.

No solamente por su importancia científica, sino por la extraordinaria lección humana que representa.

El 27 de octubre de 2026, el Observatorio Vera C. Rubin, instalado en Cerro Pachón, anunció el descubrimiento de un objeto celeste situado más allá de Plutón, identificado provisionalmente como 2026 ED138.

Los investigadores consideran que podría tratarse de un planeta enano, aunque serán necesarias nuevas observaciones para confirmar sus características y clasificación definitiva.

Pero detrás del hallazgo existe una historia que merece tanta atención como el propio descubrimiento.

Es la historia de científicos, ingenieros, universidades e instituciones de diferentes nacionalidades que han conseguido desarrollar instrumentos capaces de explorar regiones del universo que hasta hace poco permanecían fuera de nuestro alcance.

Y esa historia demuestra algo profundamente esperanzador:

Los seres humanos podemos alcanzar objetivos extraordinarios cuando decidimos trabajar juntos.

Un descubrimiento que amplía nuestro conocimiento

El objeto fue identificado por el astrónomo Matthew Holman, del Centro de Astrofísica Harvard y Smithsonian, mediante el análisis de observaciones del Observatorio Vera C. Rubin.

Para ello utilizó herramientas informáticas desarrolladas junto a Kevin Napier.

El investigador Mario Jurić, de la Universidad de Washington, contribuyó al análisis de observaciones adicionales.

También se recuperaron imágenes anteriores obtenidas mediante el telescopio Víctor M. Blanco, ubicado en Cerro Tololo, Chile, permitiendo reconstruir más de una década de la trayectoria del objeto.

Este avance es un ejemplo de cómo la tecnología, la investigación y el intercambio de conocimientos pueden ampliar nuestra comprensión del sistema solar.

Sin embargo, el descubrimiento también nos invita a mirar hacia nuestra propia humanidad.

Los telescopios del mundo bajo los cielos de Chile

Chile posee condiciones naturales excepcionales para la astronomía y alberga algunos de los observatorios más avanzados del planeta.

Pero estos instrumentos no son exclusivamente chilenos.

Muchos pertenecen a asociaciones científicas internacionales y representan décadas de colaboración entre distintas naciones.

El Observatorio Vera C. Rubin es una iniciativa financiada por instituciones de Estados Unidos, con importantes contribuciones de Francia y de más de cuarenta organizaciones y equipos internacionales.

Otro ejemplo es el Observatorio Europeo Austral, ESO, que desarrolla importantes proyectos científicos en territorio chileno.

Sus dieciséis Estados miembros son:

Alemania, Austria, Bélgica, Chequia, Dinamarca, España, Finlandia, Francia, Irlanda, Italia, Países Bajos, Polonia, Portugal, Reino Unido, Suecia y Suiza.

Australia mantiene una asociación estratégica y Chile participa como país anfitrión y colaborador.

En el desierto de Atacama, el observatorio ALMA constituye otra extraordinaria experiencia de cooperación entre Europa, América del Norte y Asia Oriental.

En él participan instituciones de Estados Unidos, Canadá, Japón y los países europeos asociados, junto con contribuciones de Taiwán y Corea del Sur, en cooperación con Chile.

También encontramos el Observatorio Internacional Gemini, cuya asociación está integrada por Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Corea del Sur y Estados Unidos.

Cada observatorio tiene sus propios equipos y responsabilidades. No todos estos países participaron directamente en el reciente descubrimiento de Rubin.

Pero sus instituciones forman parte de una comunidad científica internacional que ha encontrado en los cielos chilenos un lugar privilegiado para trabajar.

ESO ofrece servicios a más de 22.000 usuarios científicos provenientes de más de 130 países.

Detrás de estas cifras existen miles de investigadores, técnicos, profesionales y estudiantes que contribuyen a ampliar nuestro conocimiento.

No importa si nacieron en Europa, América o Asia.

Los reúne algo que trasciende las fronteras: el deseo de descubrir.

Cuando la ciencia y la música nos hablan de paz

Hay algo profundamente conmovedor en esta colaboración.

Personas que hablan distintos idiomas, pertenecen a culturas diferentes y viven bajo sistemas políticos diversos consiguen establecer acuerdos para investigar juntas.

Comparten información, tecnologías y responsabilidades.

Aprenden unas de otras.

Y reconocen que ningún país posee todas las respuestas.

Al observar estos esfuerzos internacionales, resulta inevitable recordar una de las canciones más conocidas de John Lennon y Yoko Ono.

En 1971, Imagine invitaba a la humanidad a soñar con un mundo donde las personas pudieran vivir en paz.

Una de sus frases más recordadas dice:

“Imagine all the people living life in peace…”

Más de medio siglo después, aquella aspiración conserva una extraordinaria vigencia.

Y quizás los grandes observatorios internacionales nos estén mostrando una pequeña parte de ese sueño convertida en realidad.

No porque hayan desaparecido las fronteras, los conflictos o las diferencias entre las naciones.

Sino porque personas de distintos lugares han demostrado que pueden construir algo juntas.

La música nos invitó a imaginarlo.

La ciencia nos está mostrando ejemplos concretos de cómo colaborar.

Y cuando un sueño comienza a encontrar ejemplos en la realidad, la esperanza adquiere una fuerza diferente.

¿Por qué no construir la paz con la misma voluntad?

Quisiera detenerme especialmente en esta reflexión.

Si los seres humanos somos capaces de reunir esfuerzos internacionales durante décadas para observar objetos situados a miles de millones de kilómetros, ¿por qué no fortalecer esa misma voluntad para resolver los grandes problemas de nuestro planeta?

El hambre, las enfermedades, la pobreza, el deterioro ambiental y la falta de acceso al agua también requieren respuestas compartidas.

Disponemos de conocimientos extraordinarios.

Contamos con universidades, centros de investigación y profesionales capaces de desarrollar tecnologías que generaciones anteriores jamás habrían imaginado.

Pero todavía enfrentamos enormes dificultades para construir una convivencia pacífica.

Naturalmente, los acuerdos científicos no eliminan las guerras ni garantizan la paz.

Pero nos demuestran que la cooperación internacional puede sostenerse mediante compromisos, confianza y objetivos compartidos.

La paz necesita justicia, respeto, diálogo y voluntad política.

También necesita que aprendamos a reconocer aquello que podemos conseguir juntos.

Y quizás deberíamos mostrar estos ejemplos con mayor frecuencia a nuestros niños y jóvenes.

Que descubran que los seres humanos no solamente tenemos capacidad para competir y enfrentarnos.

También sabemos compartir conocimientos, construir acuerdos y alcanzar metas comunes.

Chile, anfitrión de una conquista compartida

Como chileno, siento orgullo de que nuestro territorio sea escenario de estos extraordinarios avances.

Pero sería injusto atribuir estos logros exclusivamente a nuestro país.

Chile ofrece sus cielos, su territorio, sus profesionales y su creciente capacidad científica.

Otras naciones contribuyen con financiamiento, investigación, tecnología y experiencia.

El resultado es una conquista compartida.

Y reconocerlo no disminuye el orgullo nacional.

Por el contrario, lo engrandece.

Porque Chile participa en una aventura que pertenece al conocimiento humano.

Una historia donde muchas banderas pueden compartir un mismo propósito.

El descubrimiento más importante podría estar en nosotros

Durante los próximos años, los observatorios internacionales instalados en Chile continuarán entregándonos noticias extraordinarias.

Encontraremos nuevos cuerpos celestes, estudiaremos galaxias lejanas e intentaremos comprender los misterios del universo.

Pero quizás todavía nos espera un descubrimiento más cercano.

Comprender que nuestras diferencias no tienen por qué condenarnos a vivir enfrentados.

Que podemos hablar distintos idiomas y compartir un mismo sueño.

Que podemos pertenecer a naciones diferentes y trabajar por el bienestar común.

Y que la inteligencia que utilizamos para explorar mundos lejanos también puede ayudarnos a construir un mundo mejor.

Por eso quisiera que el descubrimiento anunciado desde Chile no fuera recordado solamente por su importancia astronómica.

Quisiera que también se reconociera el esfuerzo de quienes hacen posibles estos avances científicos.

Porque allí donde algunos solamente ven gigantescos telescopios, yo también veo personas que han decidido confiar unas en otras.

Países que han encontrado motivos para colaborar.

Y una humanidad que, pese a sus diferencias, todavía conserva la extraordinaria capacidad de construir esperanza.

John Lennon y Yoko Ono imaginaron un mundo donde las personas vivieran en paz.

Hoy, bajo los cielos de Chile, la cooperación científica internacional nos entrega una razón más para creer que el entendimiento humano es posible.

Y quisiera finalizar con una reflexión:

«Si la ciencia es capaz de demostrarnos que la cooperación mundial es posible, también nos entrega una esperanza extraordinaria: que la paz entre los pueblos del mundo puede alcanzarse».

Fuente: pressenza.com