El príncipe sin máscara: Trump, hegemonía en declive, chantaje estructural y geopolítica de los cuellos sistémicos
Este artículo propone una hipótesis estructural sobre el comportamiento de las hegemonías en declive y su impacto en la reconfiguración del orden internacional contemporáneo. Sostiene que, cuando una potencia pierde simultáneamente primacía productiva, tecnológica y normativa sin posibilidad de reversión en el corto plazo, tiende a abandonar el orden que creó y a transformarlo activamente en un sistema disfuncional para los actores emergentes. A partir de un cruce deliberado entre teoría clásica del poder (Maquiavelo), economía política internacional crítica, geopolítica de infraestructuras y análisis prospectivo estratégico, el trabajo analiza la transición desde una hegemonía normativa hacia un modelo de chantaje estructural basado en el control de cuellos sistémicos. Mediante el uso de escenarios y del caso Venezuela como prototipo operativo, se examina el rol de América del Sur —en particular Chile, Bolivia y Brasil— como tablero intermedio en la disputa por rutas, nodos logísticos y recursos críticos. El trabajo concluye que el actual momento histórico no representa una transición ordenada hacia la multipolaridad, sino una fase de sabotaje activo del sistema internacional por parte de la hegemonía en declive, cuyos límites están determinados por la visibilidad del chantaje, la redundancia de infraestructuras y la reacción coordinada de actores emergentes.
Introducción
El orden internacional liberal no está simplemente erosionándose: está siendo activamente desmantelado por la potencia que lo diseñó y lo sostuvo durante décadas. Esta distinción es fundamental. No asistimos a un colapso espontáneo del sistema, sino a una decisión estratégica consciente adoptada por una hegemonía que ha perdido su primacía productiva, tecnológica y normativa, y que ya no obtiene beneficios suficientes de la preservación del orden que ella misma instituyó.
El retorno de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos no inaugura esta dinámica, pero sí la expone sin ambigüedades. La intervención directa en Venezuela, con captura del jefe de Estado, administración externa de facto y suspensión explícita de toda contención normativa, marca un punto de inflexión cualitativo: el momento en que el Príncipe patea el tablero, se quita la máscara y comunica al resto del sistema internacional que las reglas que estructuraron la posguerra fría han dejado de ser vinculantes para él.
La hipótesis central de este artículo es la siguiente: cuando una potencia hegemónica pierde simultáneamente su primacía productiva, tecnológica y normativa, y no dispone de mecanismos viables para revertir ese declive en el corto plazo, tiende a abandonar el orden internacional que creó y a transformarlo activamente en un sistema de estrangulamiento para los actores emergentes. En lugar de liderazgo normativo, ejerce coerción sistémica; en lugar de reglas universales, administra excepciones; en lugar de dominación territorial directa, captura cuellos críticos que le permiten controlar el tiempo, el costo y la fricción de los flujos globales.
Este ensayo combina teoría clásica del poder, economía política internacional crítica, geopolítica de infraestructuras y metodología de análisis prospectivo estratégico. A través de escenarios y del uso de casos prototípicos, busca evaluar la durabilidad de este modelo de poder y sus implicancias para América del Sur en el contexto de la disputa sistémica entre Estados Unidos y los actores emergentes, particularmente China.
Marco teórico y metodológico
El enfoque adoptado se apoya en un cruce teórico deliberado. En primer lugar, recupera a Maquiavelo no como figura histórica ornamental, sino como analista privilegiado del poder en contextos de amenaza existencial. El pensamiento maquiaveliano resulta especialmente pertinente para estudiar hegemonías en declive, ya que fue concebido para príncipes que enfrentaban la pérdida de control, la erosión de legitimidad y la necesidad de actuar fuera de marcos morales convencionales.
Tres conceptos resultan centrales: necessità, entendida como la obligación de actuar según las exigencias de la supervivencia del Estado; virtù, no como virtud ética, sino como capacidad efectiva de intervenir en el curso de los acontecimientos; y fortuna, comprendida como la administración activa de la crisis y la contingencia. En el siglo XXI, la virtù ya no reside primordialmente en la capacidad productiva, sino en la facultad de ralentizar, encarecer o fragmentar el avance de otros.
Este marco dialoga con la economía política internacional crítica y con la literatura contemporánea sobre declive hegemónico y geopolítica de infraestructuras, que identifica el control de nodos, estándares, rutas logísticas y sistemas de pago como formas centrales de poder en el capitalismo tardío. Asimismo, se incorpora la metodología de análisis prospectivo estratégico, utilizando escenarios como herramientas heurísticas y el concepto de prototipo para identificar patrones operativos extrapolables.
Se define aquí chantaje estructural como la capacidad de un actor de imponer condiciones a otros no mediante prohibición directa o coerción militar abierta, sino a través del control del tiempo, el costo y la fricción en sistemas de los cuales todos dependen.
De la hegemonía normativa al chantaje estructural
Durante su fase ascendente, Estados Unidos gobernó el sistema internacional a través de normas, instituciones multilaterales y consensos que, aun siendo asimétricos, ofrecían previsibilidad y beneficios compartidos. Con el ascenso de China, la consolidación de cadenas de valor alternativas y la emergencia de bloques como el grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), el costo de sostener ese orden superó progresivamente sus beneficios.
La respuesta no fue la reforma del sistema, sino su transformación en un terreno hostil para los competidores. Este desplazamiento se manifiesta en una serie de transiciones estructurales: del multilateralismo a la excepción permanente invocando seguridad nacional; del comercio como mecanismo de integración al comercio como arma; del derecho internacional a la jurisdicción por captura; de la disuasión simbólica a la pedagogía del miedo; y del control territorial al control de cuellos sistémicos.
La intervención en Venezuela debe entenderse como un prototipo operativo y no como una anomalía. Representa el límite superior de una lógica que puede adoptar formas menos visibles, pero igualmente coercitivas, en otros contextos regionales.
Los cuellos sistémicos como nueva unidad de poder
En el escenario contemporáneo, la unidad central de análisis ya no es exclusivamente el Estado-nación, sino el nodo. El poder se ejerce controlando rutas marítimas, corredores bioceánicos, estrechos, puertos, nodos logísticos interiores, marcos jurídicos, estándares técnicos y sistemas financieros.
Apretar un cuello resulta más eficaz que ocupar un territorio. No se prohíbe el flujo: se ralentiza. No se bloquea: se encarece. No se niega el acceso: se condiciona. Esta forma de poder permite ejercer coerción con bajo costo político inicial y alta efectividad sistémica.
En América del Sur, los principales cuellos incluyen el Canal de Panamá, el Estrecho de Magallanes, los puertos del Pacífico sur, los corredores bioceánicos, los puertos secos interiores y los recursos críticos cuya extracción depende de infraestructura logística compleja.
América del Sur como tablero intermedio
Chile cumple el rol de nodo estable y puerta del Pacífico. Su alta integración comercial con China, su estabilidad institucional y su potencial como articulador de corredores bioceánicos lo convierten en una anomalía incómoda para una hegemonía que busca controlar el ritmo del comercio. La presión sobre Chile no adopta la forma de intervención directa, sino de condicionamientos ambientales, jurídicos, financieros y logísticos.
Bolivia representa el punto de captura ideal. Posee litio y potencial en tierras raras, pero carece de salida soberana al mar y depende críticamente de infraestructura. Controlar el nodo boliviano permite condicionar simultáneamente a Chile, Brasil y China sin necesidad de ocupación formal.
Brasil, por su parte, no es un objetivo de captura directa, sino de condicionamiento. Su escala productiva, su pertenencia a los BRICS y su impulso a corredores bioceánicos lo convierten en actor central del sistema. La presión se ejerce mediante la combinación de fricción logística, disputas comerciales y tensiones internas.
El escenario de la captura tardía
El escenario de captura tardía no puede comprenderse como un episodio técnico ni como una variante regional aislada. Es, en rigor, la expresión operativa más refinada de la estrategia del Príncipe en declive, desplegada a escala hemisférica. Para entenderlo, es necesario ampliar el campo de visión y reconstruir el tablero completo en el que este escenario se inscribe.
El Príncipe no actúa por impulsos ni por países individuales. Actúa sobre sistemas. Su racionalidad no es territorial en el sentido clásico, sino logística, temporal y estructural. Controlar el espacio ya no es suficiente; lo decisivo es controlar el tiempo del comercio, la fricción de los flujos y la dependencia de los nodos. Desde esta perspectiva, la geografía política del momento actual se organiza en torno a rutas, cuellos y arquitecturas de tránsito.
El tablero comienza en el norte. Groenlandia deja de ser un espacio marginal y se convierte en un punto estratégico central por la apertura progresiva de rutas árticas que acortan tiempos de transporte y reconfiguran el comercio global. Canadá, lejos de ser un actor homogéneo, aparece atravesado por tensiones internas, en particular en Alberta, donde energía, recursos y presiones provinciales se transforman en vectores de influencia externa. México, especialmente su franja norte, se consolida como zona securitizada permanente, amortiguador social y logístico de la frontera sur del Príncipe. El Caribe, con Haití y Cuba, cumple una doble función: contención y advertencia. No se trata solo de estabilizar o desestabilizar, sino de recordar a la región los costos de salirse del marco impuesto.
En ese mismo eje se inscribe Panamá. El canal no es únicamente una infraestructura heredada; es un choke point clásico que el Príncipe reactualiza como instrumento de presión en un contexto donde el control de rutas vuelve a ser central. A medida que el comercio global se densifica y diversifica, el valor estratégico del canal aumenta, no por su monopolio absoluto, sino por su capacidad de generar fricción selectiva. Paralelamente, el aumento sostenido del tráfico por el Estrecho de Magallanes introduce un bypass natural que amenaza esa centralidad, razón por la cual el extremo austral del continente adquiere una relevancia creciente en la lógica del Príncipe.
Es en este marco hemisférico donde América del Sur deja de ser periferia y pasa a ser tablero intermedio decisivo. El Príncipe sabe que no puede controlar simultáneamente todos los flujos globales, pero sí puede intervenir en los puntos donde esos flujos se reorganizan. Sudamérica es uno de esos espacios. No por debilidad, sino por centralidad emergente.
Argentina aparece aquí como territorio de negociación forzada. El Príncipe no necesita conquistarla; le basta con cobrar lo que, en términos maquiavelianos, puede leerse como un derecho de paso. La presión sobre el gobierno de Javier Milei se traduce en la exigencia de dos anclajes estratégicos: una base austral, orientada al control bioceánico, antártico y del tránsito por Magallanes, y otra en el eje de Aguas Negras, punto clave tanto para la minería como para los corredores bioceánicos que conectan el Atlántico con el Pacífico. No se trata de defensa, sino de posicionamiento estructural.
Chile, por su parte, constituye un caso más delicado para el Príncipe. Su estabilidad institucional, su alto grado de integración comercial con China y su rol como puerta del Pacífico lo convierten en una anomalía difícil de disciplinar mediante los mecanismos clásicos. En este contexto, la inauguración del puerto de Chancay en Perú, financiado y operado con participación china, altera de manera sustantiva el equilibrio logístico regional. No solo crea un nodo portuario de escala, sino que habilita un vector directo Perú–Brasil que puede convertirse en corredor bioceánico alternativo, desplazando el centro de gravedad del Pacífico sur hacia el norte y reordenando el mapa de dependencias.
El eje Perú–Brasil articulado desde Chancay introduce una novedad estratégica de primer orden. Ofrece a Brasil una salida y una entrada al Pacífico que no pasa necesariamente por Chile ni por los nodos interiores bolivianos, y lo hace bajo una arquitectura logística asociada a China. Para el Príncipe, esto es doblemente problemático: consolida una infraestructura que reduce su capacidad de estrangulamiento y, al mismo tiempo, debilita la eficacia de cualquier chantaje basado en un corredor único. Por esta razón, la respuesta del Príncipe no se expresa únicamente en la voluntad de bloquear, sino en la necesidad de reinsertarse, administrar la competencia entre corredores y evitar que cualquiera de ellos se convierta en sistema plenamente autónomo.
En ese marco debe leerse el proceso de modernización portuaria chilena impulsado en acuerdo con Estados Unidos tras la apertura de Chancay. No se trata de cooperación neutral, sino de un intento de recentralizar flujos, retener gravitación en el Pacífico sur y mantener a Chile dentro de un perímetro de negociación donde el Príncipe conserve capacidad de presión.
Brasil completa este cuadro como actor inevitable. Por escala, por su pertenencia al grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y por su proyección atlántica, Brasil no puede ser capturado; solo puede ser condicionado. La estrategia del Príncipe tiende entonces a introducir fricciones logísticas, disputas comerciales y tensiones internas que limiten su autonomía estratégica y, sobre todo, que impidan que Brasil consolide simultáneamente dos salidas bioceánicas robustas: una por el eje Perú–Brasil y otra por el eje Chile–Bolivia–Brasil o sus variantes con Argentina.
En paralelo, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative, BRI) atraviesa este mismo espacio sin declararse como proyecto geopolítico, pero funcionando como tal. Desde Panamá hacia el sur, la multiplicación de proyectos portuarios, ferroviarios y logísticos configura una arquitectura alternativa que reduce dependencia de los cuellos controlados por el Príncipe. Esta integración se presenta como solución práctica a necesidades de comercio, lo que la hace particularmente difícil de combatir sin exposición política.
Es en este punto donde el escenario de captura tardía revela su carácter bifurcado. El Príncipe no apuesta a una única arquitectura logística, sino que administra contingencias. Si el eje Chile–Bolivia–Brasil logra consolidarse como corredor dominante, el punto de captura más eficiente se desplaza hacia el nodo interior boliviano, a través del control de puertos secos, gobernanza aduanera, certificaciones, seguros y estándares de cumplimiento. Si, en cambio, el eje Perú–Brasil articulado desde Chancay se impone como vector principal, la captura no se produce tanto en un nodo físico único, sino en el plano regulatorio, financiero y logístico del propio corredor, mediante fricción administrativa, condicionamiento del financiamiento y control indirecto de los flujos.
En ambos casos, la lógica es la misma. El Príncipe no bloquea la infraestructura; la deja madurar. Permite que los actores inviertan, se comprometan y se vuelvan dependientes. Solo entonces introduce el control, no mediante ocupación ni confrontación abierta, sino bajo pretextos funcionales: seguridad, lucha contra el narcotráfico, estándares técnicos, cumplimiento normativo. El Príncipe no prohíbe; administra. No domina el territorio; gobierna la fricción.
De este modo, puede extraer litio y tierras raras según sus propios términos y condicionar simultáneamente a Chile, Brasil y China, con un costo político inicial mínimo. Esta es la forma más depurada del chantaje estructural: dominio sin ocupación, coerción sin declaración, control sin responsabilidad formal. En un tablero donde existen rutas alternativas en competencia, el objetivo del Príncipe no es necesariamente destruirlas, sino impedir que adquieran redundancia plena y gobernanza autónoma, manteniéndolas siempre en una zona de dependencia administrable.
Este escenario no es eterno. Depende de la invisibilidad del control, de la fragmentación de las arquitecturas y de la ausencia de redundancias plenamente operativas. Pero mientras esas condiciones se mantengan, el Príncipe logra exactamente lo que busca en su fase de declive: no recuperar la hegemonía perdida, sino impedir que otros la conviertan en arquitectura estable.
Así, el escenario de captura tardía no es un capítulo accesorio, sino el punto de convergencia de toda la estrategia analizada. Es allí donde el Príncipe, ya sin máscara, exhibe su verdadera virtù: no la creación de orden, sino la administración del desorden ajeno.
Conclusiones ampliadas
El análisis desarrollado permite extraer varias conclusiones de alcance general. En primer lugar, la fase actual del sistema internacional no debe interpretarse como una transición ordenada hacia la multipolaridad, sino como un período de sabotaje activo del orden por parte de la hegemonía en declive. Esta estrategia no busca restaurar el liderazgo perdido, sino impedir que otros consoliden el suyo.
En segundo lugar, el desplazamiento del poder hacia el control de cuellos sistémicos redefine la naturaleza de la soberanía. Los Estados pueden conservar formalmente su autonomía mientras pierden capacidad efectiva de decisión sobre los flujos que sostienen su economía. La soberanía se vacía sin necesidad de ser abolida.
En tercer lugar, el chantaje estructural presenta límites claros. Su eficacia disminuye cuando el control se vuelve visible, cuando aparecen infraestructuras redundantes y cuando los actores afectados coordinan respuestas. La dependencia inversa que genera este modelo convierte al chantajista en rehén parcial del sistema que busca dominar.
Finalmente, el caso de América del Sur muestra que la verdadera disputa no gira en torno a recursos aislados, sino a la arquitectura que permite convertir esos recursos en poder. En este contexto, la capacidad de diseñar infraestructuras inchantajeables, con gobernanza distribuida y redundancia operativa, se convierte en una forma central de defensa estratégica.
La pregunta decisiva ya no es si el Príncipe puede apretar cuellos, sino cuántos puede apretar antes de que el sistema deje de tolerarlo y acelere su reorganización fuera de su control.
Fuente: pressenza.com
