El tres por ciento en la cultura
En el Chile de hoy, las artes visuales, los libros y los montajes escénicos de calidad, serán cuestión de elites. Y los museos (que ya son pobres, y ahora se les limitará aún más) irán cerrando sus puertas, pues se debe reducir el gasto público en todas las reparticiones que conforman la administración del Estado.
Por Jaime Hales Dib
Durante su campaña electoral, el ahora Presidente José Antonio Kast fue enfático en hablar de la reducción del gasto público y para ello el ministro de Hacienda dispuso —parecía una orden al comienzo— que cada ministerio debía reducir su gasto en un tres por ciento.
Estoy de acuerdo en que siempre las cosas deben hacerse del mejor modo posible. Sé que es posible reducir muchos gastos públicos que son producto de situaciones anómalas o injustas. No cabe duda que pagar a una enorme cantidad de asesores cuando existen funcionarios que pueden cumplir esas tareas, parece ser un exceso.
También, no cabe duda que tener miles de jubilados de las Fuerzas Armadas y la Policía Armada en plena edad productiva, tanto así que a muchos se les recontrata en las mismas instituciones, parece ser más que un exceso, un escándalo.
No se puede discutir que hay instituciones que cumplen las mismas tareas y eso debe ser racionalizado. No parece haber dineros peor gastados que la repetición de funciones en las regiones, donde se inventaron los gobernadores para satisfacer discursos, manteniendo el poder de los que antes se llamaban intendentes y ahora delegados, que mantienen sus propios gabinetes regionales con las secretarías regionales.
Hay que ordenar, es cierto, porque desde el golpe de Estado, las cosas tomaron un rumbo contrario a la democracia y se dijo que por fin el país caminaba en orden, cuando en realidad fue un desorden de nuevo estilo.
En ese mismo período dictatorial, al acercarse el final del gobierno de Pinochet, empresas productivas del Estado, que dejaban beneficios, pasaron a manos privadas. No alcanzaron a privatizar Codelco, pero es un plan al que los pinochetistas no han renunciado.
Con todo, en este cuadro se dice reducir gastos. No es mejorar el uso de los recursos, es reducir, es decir, gastar menos. ¿En salud? ¿En educación?
Ya está claro que la ministra de Seguridad, que hace las cosas «porque puede», consiguió que ella no tuviera que eliminar ese porcentaje en gastos, porque de lo contrario estaríamos frente a un contrasentido del discurso inicial en que se dio tanta importancia a ese ministerio.
Nuestros museos ya son pobres
¿Y en cultura? Nadie puede discutir que para ciertos sectores de la derecha, la cultura debe ser materia de elite. Me lo dijo con claridad un diputado de la UDI cuando se discutía la ley de fomento del libro y la lectura:
— ¿Por qué tenemos que apoyar a tanta gente con estos recursos? Los buenos siempre triunfan y consiguen los recursos.
Y me dio dos o tres ejemplos. Pero él, hombre inteligente, finalmente votó a favor porque entendió el argumento de que un pueblo sin desarrollo cultural en el más amplio sentido está condenado a la mediocridad y la pobreza.
Sin embargo, muchos de los suyos creen que sólo debe apoyarse aquello que está en los cánones ideológicos de las tradiciones y del gusto de las «clases altas», es decir, los que tienen el dinero.
Por eso, reducir el tres por ciento en cultura no será problema. Ellos quisieran que fuera más.
¿De dónde se reducirá? Ya lo ha dicho Francisco Undurraga Gazitúa, el ministro: de los museos y de las bibliotecas.
En lugar de hacer planes de desarrollo, usando mejor los recursos disponibles para que los niños, los jóvenes, los universitarios, los sindicatos (todavía existen algunos), los adultos mayores de los sectores más pobres, visiten los museos, se les reducirá el presupuesto en una cifra suficiente para que sea el tres por ciento del empobrecido presupuesto que tiene la cultura en Chile.
Nuestros museos ya son pobres, ahora se les limitará aún más.
Vengo llegando de un viaje a Salvador de Bahía, la histórica ciudad de Brasil. No es la zona más rica del país ni con mucho. La pobreza se ve en las favelas y en las calles. Recorrimos, con mi pareja, el centro histórico. Ella tomaba fotos (es fotógrafa profesional y escritora) y yo miraba las casas y la gente, escuchaba sus voces fuertes, los tambores por todos lados.
Muchas iglesias antiguas, muchos pequeños locales comerciales, plazas de distinto tipo, calles de adoquines, casas pintadas sin uniformidad en estilos y colores, pero con una armonía natural. Vivimos la cadencia del tránsito de las personas, de las sonrisas y los saludos, todo en un movimiento constante que bajo el calor implacable daba la idea de que en cualquier momento estallaría un carnaval.
Y ahí, en las iglesias, en los conventos, en cualquier sector del barrio histórico, frente a la plaza en que se ejecutaba a los esclavos rebeldes, en todas partes y en cualquiera, estaban los museos.
Impresionantes por la calidad de museografía, por el trabajo realizado, por la empatía con el visitante que no necesita preguntar mucho porque allí están todas las respuestas. Lo antiguo y lo nuevo, las tradiciones africanas, la historia de lo cristiano del país, el nuevo arte y lo más antiguo, todo conservado con respeto, validado no sólo por turistas sino por el entorno mismo y su pueblo.
Todos los días vimos a escolares —desde los muy pequeños, hasta los adolescentes— llevados por sus profesores a recorrer estos lugares, acompañados por guías especializados, donde recibían explicaciones y podían preguntar todo lo que quisieran.
La casa de la Fundación Jorge Amado, que alguna vez fue el alojamiento de los esclavos antes de ser subastados, es un lugar hermoso, bien cuidado, donde el homenaje al escritor y al mundo cultural se palpa en cada detalle.
También, la Catedral con sus pinturas, la Iglesia de la Misericordia con sus colecciones antiguas y las salas de arte moderno, el Museo de San Francisco, la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, la Iglesia del Nuestra Señora del Rosario de los negros (donde en lugar de un viejo órgano como en otras hay tambores) y así cada espacio.
Hay días en que es gratis el ingreso y en la mayoría de ellos los turistas deben pagar dos dólares por acceder. Hay trato especial para los adultos mayores, quienes somos tratados con respeto y consideración.
La cultura está allí, viva, porque a los municipios y al Estado les interesa que el pueblo vaya floreciendo.
Pero en el Chile de hoy, la cultura será cuestión de elites y los museos irán cerrando sus puertas. Porque se debe reducir el presupuesto de cultura.
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Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.
En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos Escobar. También formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech).
Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades tanto de Chile como del extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).
En la actualidad es columnista y redactor estable del Diario Cine y Literatura.
Fuente: pressenza.com
