febrero 9, 2026
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¿»Fue cosa de Hitler» — o bien, la eliminación del pasado nazi y el AfD?

Cada vez más alemanes quieren saber cada vez menos sobre el pasado nazi alemán: sobre los crímenes de guerra, asesinatos en masa, delaciones, por no hablar ya sobre perpetradores, espectadores y víctimas.

¿Está entonces la generación actual, inocente, definitivamente eximida del debate respectod de la época nacionalsocialista? ¿O tiene la obligación de recordar? Absolutamente, dice Helmut Ortner en su nuevo libro «Gnadenlos Deutsch» («Despiadadamente alemán»), porque el pasado nacionalsocialista no prescribe.

En octubre de 1944, Saul K. Padover, un joven oficial estadounidense perteneciente a la División de Guerra Psicológica, recibió de sus superiores la orden de investigar, en la ocupada Aquisgrán, las actitudes y expectativas de los alemanes. Para ello debía entrevistar a personas de todas las clases y grupos profesionales, a fin de obtener conocimientos sobre su «mentalidad». El resultado es desalentador.

—»Llevamos aquí dos meses», —anota, —»hemos hablado con mucha gente, hemos hecho montones de preguntas, …  y no hemos encontrado a un solo nazi. Todo el mundo es opositor al nazismo. Toda la gente está en contra de Hitler. Siempre han estado en contra de Hitler. ¿Pero qué significa eso? Significa, ¿que Hitler llevó a cabo la cosa completamente solo, sin la ayuda y el apoyo de ningún alemán …?».

Un mes después, Padover entregó su informe a la administración militar. Su conclusión: —»Psicológicamente, los alemanes quieren eludir el castigo y la responsabilidad moral presentándole al mundo un culpable, al que hasta hace poco adoraban como a un semidiós… En esta inclinación a distanciarse del Führer elegido no se descubre el menor atisbo de sentimiento de culpa propio…». —Respuestas como las que Saul Padover resume en su microanálisis de Aquisgrán, las habría obtenido por todo el derrotado «Reich de los Mil Años» también en otras ciudades.

En la Alemania de la posguerra, los alemanes ya no querían hablar del pasado aún omnipresente en todas partes. No querían que se les recordara los grandes crímenes alemanes. Ni cómo fue posible que un Estado moderno, progresista y culto pudiera hundirse en la barbarie en un tiempo brevísimo, culminando en una brutalidad apenas imaginable y un genocidio sin precedentes. No querían hablar de por qué tantos fueron leales a Adolf Hitler, quien nunca ocultó su odio a los judíos y sus planes de guerra. Ni, ¿por qué sirvieron fielmente al régimen nazi y así hicieron posibles sus crímenes? O, ¿por qué finalmente siguieron a su «Führer» hasta la ruina misma?

Un pueblo huyendo de su pasado

Alemania en los años de la posguerra: era un pueblo que se esforzaba por olvidar su disposición a participar en un sistema de barbarie, cosa que de la que se callaba. La negación y la reinterpretación de la historia estaban en su apogeo. Así, el horror y la singularidad que significaron la ruptura de civilización del Holocausto y las guerras de aniquilación, se perdieron en el reprimir y olvidar colectivos. La locura nacionalsocialista se convirtió en una metáfora intercambiable del mal, la culpa personal se relativizó. Sólo Hitler debía haber sido el responsable de la perdición de los alemanes y de sus crímenes por millones. Si no él solo, entonces a lo sumo una pequeña élite nazi criminal y sus secuaces fanáticos. Para saldar la cuenta colectiva de vergüenza y culpa, cuadraba esta imagen: «el Führer» en el papel de seductor solitario, causante y criminal. De algún modo. un pueblo huyendo de su propio pasado, bajo el patrocinio del chivo expiatorio de Hitler.

—»A mediados de los años cincuenta», —resume el historiador Norbert Frei, —»se había impuesto una conciencia pública que atribuía la responsabilidad de las atrocidades durante el Tercer Reich únicamente a Hitler y a una pequeña camarilla de criminales de guerra principales, mientras que concedía a los alemanes en su conjunto el estatus de seducidos políticamente, a quienes la guerra y sus consecuencias finalmente habían convertido también en víctimas». Entonces, ¿eran los alemanes, salvo una fanática camarilla criminal, predominantemente un pueblo decente y pacífico?

¿Cómo comenzó todo el mal, el horror, la locura?

«¿Cómo pudo suceder eso? ¿Cómo pudo la Alemania hitleriana, una vez elegida y constituida, desarrollarse con un ritmo vertiginoso hasta convertirse en una maquinaria humana de destrucción, conquista y asesinato? ¿Cómo se convirtieron tantos alemanes en cómplices, ayudantes y espectadores fanáticos, activos y dóciles, ejecutores del asesinato en masa?»

Götz Aly, quien ha publicado numerosas obras importantes y pioneras sobre los alemanes de Hitler, que a menudo desafiaron a partes del gremio de historiadores, nos recuerda que no todos eran miembros del NSDAP, provenían «del centro de la sociedad».

No fueron sólo fanáticos los que sostuvieron el sistema, sino casi todas las organizaciones sociales que se habían adaptado. Fueron cientos de miles de alemanes los que participaron activamente en crímenes contra la humanidad de dimensiones monstruosas, los que los aprobaron o los permitieron: la persecución y el asesinato de judíos, de personas con discapacidad, de «extraños a la comunidad» («asociales», como las personas sin hogar, etc.), los arrestos y ejecuciones de «traidores al pueblo»«dañinos al pueblo». Una comunidad omni-envolvente del silencio, del pueblo y el liderazgo, que hizo posible seguir adelante hasta el final.

Para ello no se necesitaban los afiliados al ciento por ciento, los ideólogos, promotores y apoyos; se necesitaban igualmente también los cientos de miles de obedientes, los «tranquilos, los inofensivos». Todos los leales y ansiosos por servir que mantuvieron vivo el sistema terrorista criminal. Cierto es, que en el día cero después de Hitler también hubo en este país personas que sentían vergüenza y duelo por lo ocurrido en los años anteriores. Pero el hecho es que ya entonces hubo muchas más personas que, recién escapadas de la catástrofe, reprimían lo vivido y sucedido, en lugar de asumirlo con conciencia de responsabilidad como historia propia.

—¿Puede prescribir la culpa personal? No, —dice Alfred Grosser, porque lo acontecido en el pasado no está de ninguna manera ausente en el presente, sólo porque haya pasado. El respeto por los familiares de las víctimas nos obliga a nombrar la culpa y a los culpables, mientras aún sea posible. Los crímenes de entonces son demasiado enormes como para decir hoy: Ahora debería acabarse de una vez por todas. ¿Pero cuándo está el pasado realmente pasado? ¿Quiere la generación de la posguerra, a la que yo pertenezco, esa generación que, por citar una frase feliz del ex canciller federal alemán Helmut Kohl, está bendecida con «la gracia del nacimiento tardío», (habiendo nacido tanto después) trazar ahora finalmente una línea bajo un pasado gravoso? ¿Está ella, la generación políticamente y moralmente inocente, ahora definitivamente eximida del debate con la dictadura nacionalsocialista y su legado? O, ¿no comienza la responsabilidad de las generaciones siguientes precisamente con la pregunta de si quieren recordar?

Los blanqueadores y los blanqueados

La liberación de los alemanes de su pasado pertenece a la historia fundacional de la República Federal, ésta acompaña los años iniciales de la posguerra. Solo la cesura política de los años sesenta provocó un cambio de paradigma: el momento estaba maduro para nuevas preguntas sobre viejas realidades. ¿Reconocen los alemanes lo que causaron entre 1933 y 1945? Más concretamente: se trataba de la localización precisa y la clara conciencia de lo que había sucedido y a quién era imputable lo sucedido. ¿Fue solo una élite dirigente criminal (en una nación que en conjunto había permanecido decente) o fue incluso solo Hitler, el gran seductor «demoníaco»? En esta mitología les gustaba creer a muchos. Adherir a las leyendas de la Wehrmacht limpia, del «no saber» y del «no haber estado allí».

La negación y la reinterpretación de la historia estaban en su apogeo y, en ello, todos participaban. Así, el horror y la singularidad que significaron la ruptura de civilización del Holocausto y las guerras de aniquilación, … se perdieron en el reprimir y olvidar colectivos. La locura nacionalsocialista se convirtió en una metáfora intercambiable del mal, la culpa personal se relativizó. Pocos años después del fin de la guerra, un pueblo de vitoreadores y seguidores se había convertido en un pueblo de blanqueadores y blanqueados. Los perpetradores no se sentían culpables, más bien se veían excusados por el destino y la mayoría de los alemanes hacía lo mismo. Un pueblo se esforzaba por olvidar lo que callaba, … su disposición a participar. ¿Sentían ellos, que eran a la vez víctimas y verdugos y habían traído tanto sufrimiento a otros pueblos, algo así como vergüenza? ¿O solo se sentían en el bando perdedor? ¿Podían comprender lo que había sucedido, lo que habían hecho y permitido? El tenor colectivo se puede enunciar como “nosotros no sabíamos de nada”. Un pueblo «desnazificado» se esforzaba por olvidar lo que callaba, que fue su disposición a participar en un sistema de barbarie.

«Reconstruir y mirar hacia adelante» —era ahora la consigna.

En 1948, el detergente Persil publicita con un anuncio de dibujos animados, en el que un marinero limpia y deja brillantemente blancas las barrigas de unos pingüinos sucios. Cada vez más pingüinos saltan entonces a bordo y corean «¡PERSIL — PERSIL- PERSIL!«… mientras levantan las aletas como brazos muy extendidos. Con el pecho henchido de orgullo desfilan finalmente en formación hacia tierra, cantando con música marcial: «¡Sí, nuestra camisa blanca se la debemos a PERSIL!». Los alemanes, pues, no habían perdido su humor o ya lo habían recuperado.

En la novela La defensa, de Fridolin Schley, en la que convierte los acontecimientos en torno al proceso de la calle Wilhelmstraße de Núremberg en un drama fascinante sobre moral y responsabilidad, aparece brevemente el anuncio de la ropa blanca como el azahar. Como una metáfora cinematográfica que ilustra cómo funcionó tempranamente la «desnazificación». La posguerra estuvo dominada por un «silencio comunicativo» (Hermann Lübbe) de los sentimientos de culpa. Demasiado sólida y demasiado cómoda, quedó establecida la visión compartida de una élite de poder sin escrúpulos y un pueblo supuestamente seducido. Los alemanes de Hitler se autoexculpaban. La red de mentira vital de muchos alemanes en la república de Adenauer: reprimir, olvidar, negar.

«Sobre la cagada de pájaro y la narración histórica moralizante…»

Hasta hoy perdura. Hay cada vez más alemanes que quieren hablar cada vez menos sobre su propio pasado. La llamada Nueva Derecha, incluidos sectores del AfD, quiere cambiar fundamentalmente la cultura del recuerdo en Alemania. Una palanca importante para ello es la relativización del Holocausto y de la culpa de guerra de los alemanes. —»El envenenamiento del pasado mediante una narración histórica moralizante cuenta entre los cimientos de nuestra república», —dice el ideólogo derechista Götz Kubitschek, —“…eso debe acabar de una vez”.

En la misma dirección de banalización y normalización apuntan declaraciones de políticos del AfD, como Alexander Gauland. Quien en un discurso calificó la época de —»Hitler y los nazis» como —»una cagada de pájaro en más de mil años de exitosa historia alemana». Björn Höcke, uno de los portavoces radicales del partido, llama al trato con la época nazi una —»estúpida política de superación» —y exige —»un giro de 180 grados en la política del recuerdo». Exige, pues, una representación e incorporación en alguna forma positiva del nacionalsocialismo. La asociación regional del AfD, en Turingia, bajo su dirección está clasificada por la Oficina de Protección de la Constitución (Verfassungsschutz) del Estado federado como «confirmadamente extremista de derecha». En sondeos de opinión, sin embargo, ha ascendido a ser el partido político más fuerte. Björn Höcke podría convertirse en el próximo Ministro-Presidente de Turingia, en las próximas elecciones regionales.

Esta normalización gradual en el trato con el AfD guarda una relación inversa con la radicalización que marca cada vez más al partido, año tras año. Apunta a la demolición de los llamados por ellos —«los viejos partidos y del oligopolio político tradicional (cártel)». Höcke es el rostro aterrador de un síntoma de una crisis más profunda de nuestra democracia y, al mismo tiempo, uno de sus aceleradores más peligrosos. ¿Podemos permitir eso? ¿Somos conscientes del peligro que acecha precisamente a la democracia? El partido de extrema derecha socava deliberadamente la democracia usando sus propios medios.

Una comparación con la República de Weimar o el ascenso del NSDAP se considera con razón peligrosa, porque banaliza el régimen de terror de los nazis. También se haría injusticia a muchos votantes del AfD, que no son nazis. Sin embargo, la indiferencia y el descontento de la población recuerdan en algunos puntos a los últimos años de la década de 1920. El autor Jens Bisky lo ha descrito de manera impresionante en un libro muy recomendable, en el que analiza los años de 1929 a 1934. Los «largos problemas latentes de aquella época podrían haberse resuelto cada uno por sí solos, pero su coincidencia y combinación reforzó en un número creciente de personas la impresión de que así no se podía seguir…». Puede ser que muchos ciudadanos teman cambios fuertes y, paradójicamente, castiguen a aquellos partidos que los impulsan. Pero la falta de valor, la ausencia de empuje y la ignorancia al respecto, no conducen a la aprobación y la recompensa, sino directamente a la «Alternativa para Alemania». Un estado de cosas deprimente.

El Hecho es que, en el Bundestag alemán, este partido constituye el segundo grupo parlamentario más fuerte con 151 escaños. Los diputados del AfD tienen escaño en todos los parlamentos regionales. La creación de redes con grupos de acción, locales, del «entorno» se impulsa de manera dirigida. En el entorno y círculo cercano se ha establecido una escena extremista de derecha diversa y bien organizada: desde ciudadanos del Reich hasta neonazis, … desde identitarios a la moda hasta influencers de derecha esotérica, desde hooligans dispuestos a la violencia, hasta evangélicos de línea dura. Su diversidad se concentra en su simplicidad ideológica. Todos quieren un país diferente. Lo que ellos combaten, precisamente debemos defenderlo nosotros, que es nuestra democracia.

La pregunta que queda: ¿Está la generación actual, la políticamente y moralmente inocente, ahora definitivamente eximida del debate con la dictadura nacionalsocialista y su legado? O bien, ¿no comienza la responsabilidad de las generaciones siguientes precisamente con la pregunta de si quieren recordar? Se trata de la presencia del pasado, …. porque el pasado nacionalsocialista no prescribe.

Fuente: pressenza.com