La foto que nunca me sacaron
El pasado que el presente necesita inventar
Hace unas semanas mi feed se llenó de lo mismo: amigos, amigas, compañeros de trabajo, todos con una foto que parecía sacada de un álbum familiar de 1985. Camperas de jean, grabadores, el teléfono de disco, la luz cálida de una casa que no es la suya.
Por: Germán Osmar González
La primera reacción es reírse. La segunda es una incomodidad extraña: ¿por qué quiero verme en una década que apenas viví, o que directamente no viví?
La respuesta fácil es «nostalgia». Pero la psicología actual nos dice algo más interesante. Investigadores como Constantine Sedikides y Tim Wildschut han mostrado que la nostalgia no es solo extrañar un pasado mejor. Es una herramienta emocional que usamos para sentir que seguimos siendo la misma persona a través del tiempo. Nos da continuidad. Nos ayuda a responder, aunque sea por un rato, a la pregunta: ¿cómo llegué a ser quién soy?
En ese punto la Inteligencia Artificial cambia las reglas del juego.
Antes podíamos decir «me hubiera gustado vivir en los ochenta». Era una fantasía. Ahora podemos decir «mira cómo me veía en los ochenta» y mostrar una prueba. No es lo mismo. La fantasía se volvió documento. Aunque sepamos que es falso, funciona como verdadero.
Quisiera proponer dos formas de mirar esto, que estoy trabajando en un ensayo.
La primera es la que se hizo viral: la foto de 1985. Le pido a la IA «yo en 1985» y me devuelve algo creíble. ¿Por qué? Porque de 1985 hay de todo: millones de fotos, publicidades, videoclips, películas. La IA no inventa, recicla archivo real. Por eso nos convence. Llamémoslo identidad por saturación de archivo.
La segunda es un invento mío para contrastar, un experimento mental: le pido a la IA «yo en 1816». Ahí no hay archivo. No había fotografía. Lo que la IA me va a devolver no es 1816, sino cómo el siglo XX se imaginó 1816 para el manual de la escuela: la casita de Tucumán prolijita, el poncho limpio, la escarapela perfecta. Llamémoslo identidad por mito escolarizado.
Son dos modelos distintos, uno real y viral, el otro imaginario y teórico, pero hacen lo mismo: nos muestran que el presente fabrica el pasado que necesita para poder decir «yo vengo de ahí».
Esto lo decía muy claro Silo en _Discusiones Historiológicas_. En su primer capítulo, _Lo pasado visto desde el presente_ (1990), advierte que el problema de la historia no es la falta de datos, sino la interferencia de quien mira. Todo pasado es contado desde el paisaje del presente. La IA no hace otra cosa: cuando le pedimos los ochenta, nos devuelve nuestra propia interferencia, pero estetizada como si fuera un recuerdo.
Silo también criticaba la idea de que somos espectadores pasivos de la historia. Y esa es la clave para no caer en el pánico moral contra la IA.
¿Vamos a usar estas imágenes solo para reírnos un rato y alimentar una fábrica de nostalgia prefabricada? ¿O podemos usarlas como lo que Foucault llamaba tecnologías del yo, esas prácticas que hacemos sobre nosotros mismos para entendernos?
Antes esa tecnología era el diario íntimo, la carta, la confesión. Hoy puede ser preguntando a la IA: muéstrame cómo me hubiera visto en 1985 para ver qué me conmueve, muéstrame en 1816 para ver qué mito de origen llevo adentro, muéstrame en 2050 para ver qué futuro me da miedo.
No se trata de creer que esas imágenes son verdad. Se trata de usarlas como espejo. No para ver cómo fue el pasado, sino para ver qué pasado necesita inventar nuestro presente para sostener quiénes creemos ser.
Esa es la pregunta que importa. No si la foto es real, sino qué necesidad del presente la hizo posible.
Fuente: pressenza.com
