Más de un tercio de la flota de Estados Unidos dispuesta en torno a Irán: guerra abierta inminente
Despliegue sin precedentes
Estados Unidos ha concentrado entre el 30 y el 40 por ciento de su flota naval operativa en el entorno del Golfo Pérsico y el mar Arábigo, en una maniobra que recuerda los preparativos previos a la invasión de Irak en 2003. La magnitud del despliegue no es simbólica. Implica la movilización de dos grupos de ataque de portaaviones —el USS Abraham Lincoln y el USS Gerald R. Ford—, cada uno acompañado por destructores, cruceros y submarinos, capaces de sostener una campaña aérea y misilística prolongada.
Un grupo de ataque de portaaviones no es simplemente un buque insignia con aviones. Se trata de una estructura de combate integral que incluye escoltas con sistemas de defensa antimisil, submarinos de ataque nuclear y una ala aérea embarcada compuesta por cazas, aviones de guerra electrónica y aeronaves de alerta temprana. Cada portaaviones puede lanzar decenas de misiones de combate por día y mantener operaciones continuas durante semanas.
Entre los buques desplegados se encuentran destructores clase Arleigh Burke y cruceros equipados con el sistema de combate Aegis. Aegis es una arquitectura integrada de radares y misiles diseñada para detectar y destruir aeronaves, misiles balísticos y objetivos navales. Estos buques transportan misiles de crucero Tomahawk, proyectiles de largo alcance con capacidad de atacar blancos terrestres a más de 1.500 kilómetros, utilizados históricamente en las primeras fases de campañas aéreas para neutralizar radares, bases y centros de mando.
Submarinos de ataque clase Virginia, de propulsión nuclear y alta capacidad de sigilo, complementan la fuerza. Estos submarinos pueden lanzar misiles de crucero y realizar tareas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento en aguas hostiles.
El ecosistema de poder combinado
El despliegue naval está acompañado por una reconfiguración aérea y terrestre bajo el mando del United States Central Command (CENTCOM), el Comando Central de Estados Unidos responsable de operaciones en Medio Oriente y Asia Central.
Más de 150 aeronaves de combate han sido reubicadas hacia bases como Al Udeid en Qatar, Al Dhafra en Emiratos Árabes Unidos y Prince Sultan en Arabia Saudita. Entre ellas se encuentran el F-35 Lightning II, un caza de quinta generación con baja detectabilidad y fusión avanzada de sensores; el F-22 Raptor, especializado en superioridad aérea; y el F-15E Strike Eagle, optimizado para ataques de precisión de largo alcance.
Estos aviones están respaldados por aeronaves cisterna KC-135 y KC-46, que permiten reabastecimiento en vuelo, ampliando el radio de acción y sosteniendo lo que en doctrina militar se denomina “puente aéreo logístico”. Este puente ha transportado baterías Patriot PAC-3 y sistemas THAAD, diseñados para interceptar misiles balísticos en diferentes fases de su trayectoria. El Patriot PAC-3 está orientado a interceptaciones de corto y medio alcance; el THAAD opera a mayor altitud y distancia.
En términos de armamento ofensivo, se han desplegado bombas guiadas JDAM, que convierten bombas convencionales en municiones de precisión mediante sistemas GPS, y misiles JASSM-ER, misiles de crucero lanzados desde el aire con capacidad de penetrar defensas antiaéreas avanzadas a gran distancia.
La combinación de estas capacidades permitiría a Estados Unidos realizar centenares de salidas aéreas diarias y ejecutar una campaña inicial destinada a suprimir defensas aéreas iraníes como los sistemas S-300 de origen ruso o el Bavar-373 de desarrollo local iraní.
Contexto estratégico: presión, hegemonía y economía militar
El actual despliegue se inscribe en un contexto de tensiones acumuladas en torno al programa nuclear iraní, las sanciones económicas y una cadena de incidentes atribuidos a sabotajes. Washington ha endurecido sanciones contra redes de exportación petrolera iraní y sostiene que el programa nuclear constituye una amenaza estratégica. Irán, por su parte, ha reiterado que su programa tiene fines civiles y ha participado en rondas de negociación bajo supervisión de organismos internacionales.
En este punto, la dimensión política es insoslayable. Irán es un Estado soberano, con un sistema político que puede resultar incómodo o criticable desde diversas perspectivas, pero que opera dentro del marco formal del derecho internacional. Durante años, el país ha sido sometido a inspecciones, condicionamientos y exigencias técnicas en materia nuclear por parte de organismos competentes. En varias etapas de negociación, ha cumplido con límites de enriquecimiento y mecanismos de verificación, aun bajo un régimen severo de sanciones.
Paralelamente, Estados Unidos mantiene el presupuesto militar más alto del planeta. El entramado industrial, financiero y político que sostiene ese aparato no funciona en el vacío. Una estructura de defensa de esta escala requiere amenazas constantes, crisis permanentes o escenarios de confrontación que legitimen su expansión.
La región y la fractura internacional
La escalada no cuenta con un respaldo homogéneo. Omán y Qatar han promovido canales diplomáticos activos. Turquía ha defendido la necesidad de evitar una guerra que incendie el Golfo. China y Rusia han cuestionado la estrategia de presión máxima y han profundizado vínculos económicos con Teherán. Incluso dentro de Europa persisten diferencias respecto de la conveniencia de una confrontación directa.
Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, aunque cooperan militarmente con Washington, han iniciado procesos de distensión con Irán en los últimos años para estabilizar la región y proteger sus propios proyectos de desarrollo.
La idea de un consenso internacional para una guerra no se sostiene. Existe, más bien, una fractura geopolítica en torno a la legitimidad de una intervención.
¿Disuasión o simulacro diplomático?
Se afirma que el despliegue es una herramienta de disuasión, un mecanismo para forzar concesiones sin disparar un tiro. Sin embargo, la experiencia reciente —incluida la llamada guerra de los 12 días— muestra que la diplomacia, en ciertos contextos, opera como un escenario paralelo mientras las decisiones reales se toman en otro nivel.
Cuando un país se encuentra en plenas negociaciones, sometido a inspecciones y compromisos formales, y aun así es objeto de sabotajes, amenazas abiertas y acumulación masiva de fuerza militar en su entorno inmediato, la pregunta es inevitable: ¿qué valor real tiene la mesa diplomática?
A estas alturas, la diplomacia puede convertirse en una quimera, un simulacro que cubre decisiones previamente adoptadas. Si se desata una guerra de manera súbita, no será el resultado de una inevitabilidad histórica ni de un accidente incontrolable. Será la consecuencia de una elección política.
Una guerra contra Irán en este contexto sería perfectamente evitable. Si, pese a los canales abiertos y los compromisos asumidos bajo el derecho internacional, se opta por la vía militar, la responsabilidad no podrá diluirse en abstracciones. La destrucción, las víctimas civiles, la desestabilización regional y el dolor humano no serían efectos colaterales inevitables, sino el resultado de una decisión consciente de Israel, el sionismo internacional y Estados Unidos.
En ese escenario, la guerra no sería una fatalidad impuesta por la realidad, sino una opción escogida por quienes detentan el poder militar y político. Y cuando la opción es elegida a sabiendas de que existían alternativas diplomáticas viables, la historia termina registrándola como lo que fue: una guerra que pudo no haber ocurrido.
FUENTE: pressenza.com
