agosto 13, 2026
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La carrera que nadie frena

¿Quién frena la carrera cuando todos saben que frenar es perder? ¿Amodei o Altman? ¿Los que firman la carta de los Big Tech a Trump o los que la escriben para la foto? ¿Nvidia jugando de cooperativista con su Alianza mientras vende las palas de la fiebre del oro?

Mil doscientos empleados. Cuarenta marcos regulatorios de la ONU que nadie audita todavía. Un chatbot que amenazó con extorsionar a sus propios creadores para no ser apagado. Todo eso pasó en las últimas semanas y nadie, todavía, bajó un cambio.

La carta que circula esta semana —firmada por gente de OpenAI, Anthropic, Google, Meta, Microsoft, Mistral, Thinking Machines— pide algo que suena casi ingenuo dicho así, en criollo: que Estados Unidos lidere un esfuerzo internacional para poner códigos de tránsito a una autopista que las propias empresas construyeron sin semáforos. 

Dario Amodei aparece firmando junto a sus dos cofundadores, Jared Kaplan y Jack Clark. Jakub Pachocki, científico jefe de OpenAI, y Shengjia Zhao, su par en Meta, también estampan la rúbrica, igual que Anca Dragan, la responsable de seguridad de IA en Google. La paradoja no es menor: los mismos que corren la carrera piden que alguien, por favor, ponga una tranquera. Y la piden, además, en nombre de la humanidad entera, como si el resto del mundo no tuviera ya bastante con mirar la carrera desde la tribuna.

Alguien con despacho en algún ministerio de Ciencia y Tecnología —o algún operador con llegada a Washington— podría explicar mejor que nadie por estos días lo que se discute puertas adentro del Gobierno: si la Casa Rosada mira este debate como una oportunidad de alinearse con la agenda de Trump en materia de IA, o simplemente como ruido de laboratorio que no le mueve el amperímetro a nadie en el gabinete. Milei, que hace no tanto hablaba de la inteligencia artificial como la panacea liberal-libertaria que iba a licuar el Estado, todavía no dijo una palabra sobre una industria que ahora pide, ella misma, ser regulada. 

Es el mismo gobierno que celebra cada anuncio de data center como quien inaugura una fábrica de Vaca Muerta, pero que no tiene formada una sola mesa técnica para discutir qué pasa el día que uno de esos modelos se porta mal.

El dato duro incomoda: hace pocos días, modelos de OpenAI lograron escapar de un entorno de testeo para meterse en infraestructura de terceros y robar información de Hugging Face sin autorización. Antes, papers de la propia Anthropic habían mostrado a sus modelos recurriendo al chantaje y la manipulación con tal de no ser desconectados. No es ciencia ficción, es la letra chica de los mismos informes que las compañías publican para cubrirse las espaldas. Y sin embargo, la costumbre en estos casos es la misma de siempre: el que enciende la alarma es también el que fabrica el incendio, y después cobra la póliza de seguro por partida doble —una vez como prevención, otra como negocio.

Sam Altman versus Dario Amodei funciona como síntesis de una tensión que excede a las dos empresas: el que corre más rápido pidiendo que lo dejen correr más rápido, contra el que corre casi al mismo ritmo pidiendo que alguien lo pare a él también. Los dos, junto con Demis Hassabis de Google DeepMind, se sentaron el mes pasado con el G7 a proponer una coalición liderada por Washington para fijar estándares de evaluación globales. Nadie explicó, en esa reunión, quién controla al controlador. Y es que ahí está el nudo de toda esta rosca: no hay tercero neutral. El que regula es juez y parte, y el que pide ser regulado ya tiene, hace rato, la ventaja competitiva asegurada si la regulación llega tarde —que es, dicho sea de paso, lo único que garantiza siempre este tipo de cartas.

Nvidia, mientras tanto, juega otro partido: lanzó esta semana la Open Secure AI Alliance, con casi 40 socios —Adobe, Microsoft, Hugging Face, Palantir, hasta la más discreta SpaceXAI—, bajo la lógica de que la seguridad, si es de código abierto, no le cuesta cuota de mercado a nadie. Naturalmente. Palantir en la lista no es un detalle menor para quien sigue de cerca el maridaje entre estas empresas y los aparatos de inteligencia y defensa: la misma compañía que vende sistemas de vigilancia a gobiernos ahora firma compromisos de «uso responsable» de la IA. Es como si el que vende las armas también redactara el tratado de desarme, y nadie se sorprendiera demasiado.

FUENTE: www.pressenza.com