A propósito de las banderas y pancartas en las manifestaciones…
Terminemos ya con eso de que —»los ucranianos son todos nazis». —Eso es la propaganda de Putin y de su llamada «Operación Especial de Desnazificación»(que recuerda a las guerras humanitarias o a aquellas para exportar la democracia que libraron Estados Unidos y sus vasallos europeos). Puedo afirmarlo basándome en mi propia experiencia, ya que he viajado varias veces a Ucrania y he hablado con muchísima gente.
Los partidos ucranianos prorrusos o pronazis son pequeñas minorías, aunque estén armados y sean violentos. El objetor de conciencia cuáquero Yurii Sheliazhenko me dijo: —«¿Que nosotros somos un pueblo de nazifascistas? Pues entonces contestarle que, ustedes tienen un presidente del Senado que en su casa tiene un busto de Mussolini».
Es cierto que Zelenski ha ilegalizado a los partidos de la oposición, empezando por los comunistas, y también a la Iglesia Ortodoxa fiel al Patriarcado de Moscú, prohibiendo a millones de ucranianos rusohablantes profesar libremente su fe religiosa. Como también es fiel a la verdad decir que, además, se registran muchos casos de desapariciones y detenciones arbitrarias.
En Ucrania trabaja, entre mil dificultades, un sindicato de profesores vinculado a la CGIL. Los jóvenes salieron a la calle contra la ley que ponía bajo control gubernamental los organismos anticorrupción y consiguieron su derogación. Estos días, los familiares de los soldados desaparecidos se manifiestan pidiendo la derogación de una ley que los declara a todos muertos. Son casi todas mujeres; piden ante todo un alto el fuego, una tregua permanente y negociaciones de paz.
Junto a esta sociedad civil movilizada, en Ucrania pervive una tradición más radical: el movimiento anarquista, que se remonta a los primeros años del siglo pasado. Hoy, sin embargo, está dividido internamente. Por un lado, están los antimilitaristas, que propagan la deserción. Por otro, quienes se alistan contra el llamado «gran fascismo ruso» de Putin y del patriarca Cirilo II, ese que ha lanzado una cruzada contra gays y lesbianas.
En este contexto de confusiones. La agresión en Roma contra ucranianos que querían participar en las manifestaciones del 25 de abril fue un episodio vergonzoso, fruto de la manipulación, del error político y de la ignorancia. Deberían ser acogidos con los brazos abiertos en nombre del internacionalismo y de la hermandad entre los pueblos, entre las trabajadoras y los trabajadores de todo el mundo. Obviamente, quien haga propaganda militarista no puede pretender sumarse a manifestaciones que se oponen a todos los señores de la guerra.
Lo mismo vale para Irán. Las banderas con el león que algunos provocadores lograron introducir al intentar colarse en la manifestación del 8 de marzo en Roma son las de la desacreditada monarquía del criminal Mohammad Reza Pahlavi, sha de Persia. Hoy su hijo, títere de Washington, pretende recuperar el trono paterno con el apoyo de Estados Unidos e Israel. Los pocos presentes vitoreaban la guerra y los bombardeos.
Pero, de forma especular, no pocos italianos, faltos de memoria o enfermos de «campismo» (término de la jerga política italiana que designa a quienes ven el mundo como una lucha entre dos campos antagónicos y, por antiimperialismo acrítico, terminan vitoreando a dictaduras y teocracias solo porque se enfrentan a Estados Unidos), ondean en cada manifestación las banderas de la República Islámica, mezclándolas con las de Palestina, Venezuela y Cuba.
En este sentido, si una se quiere manifestar a favor de quienes luchan contra la horrible teocracia que oprime Irán y, al mismo tiempo, también contra la infame guerra de Israel y Estados Unidos, que se alcen las pancartas de nuestras hermanas de «Mujer, Vida, Libertad», consigna nacida en las protestas que siguieron a la muerte de Mahsa Amini en 2022.
Fuente: pressenza.com
