octubre 13, 2026
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Los santos inocentes del siglo XXI

De la escopeta del señorito Iván al poder que todavía dispara hacia abajo

“Milana bonita, milana bonita…” – Miguel Delibes, Los santos inocentes

“El señorito Iván ya no siempre lleva escopeta ni botas de campo. A veces viste traje, habla de eficiencia, firma despidos, compra silencios y llama modernización a lo que antes se llamaba obediencia. La ironía del siglo XXI es que hemos cambiado casi todas las palabras para que la injusticia parezca nueva, elegante y hasta inevitable.”

I. LA CACERÍA

Miguel Delibes no necesitó ejércitos, palacios ni grandes discursos para describir el abuso del poder. Le bastaron una finca extremeña, una familia pobre, unos señoritos pertenecientes a la aristocracia y unas escopetas. En Los santos inocentes, llevada magistralmente al cine por Mario Camus, los pájaros caen durante las jornadas de caza mientras los propietarios y sus invitados disparan por diversión. Pero muy pronto se comprende que la verdadera cacería no ocurre solamente en el cielo. También hay seres humanos viviendo dentro de la finca como si hubieran nacido para servir, obedecer, callar y recoger lo que otros dejan caer.

Paco el Bajo, su mujer Regula y sus hijos viven sometidos a una estructura donde la pobreza parece hereditaria y la obediencia forma parte del paisaje. Azarías, hermano de Régula, es un hombre con discapacidad intelectual, profundamente unido a los animales y a la naturaleza, situado todavía más indefenso frente al mundo de los propietarios. El señorito Iván, en cambio, dispone de tierra, posición, escopeta y autoridad. No necesita levantar la voz permanentemente. El sistema ya habla por él. Paco conoce el campo mejor que su señor, pero el conocimiento pertenece al criado y la decisión al dueño. Curiosa distribución de talentos: uno sabe y el otro manda.

Ahí está la verdadera denuncia de Delibes. La finca posee una jerarquía tan aceptada que la injusticia puede presentarse vestida de normalidad. Nadie necesita colocar cadenas porque existen dependencias mucho más discretas. Paco sirve incluso lesionado. Regula acepta su lugar. Azarías apenas cuenta. Y quienes llegan a cazar pueden regresar satisfechos después de una excelente jornada. El problema no es solamente que existan ricos y pobres. Es que unos hayan terminado creyendo que la necesidad de los otros constituye una autorización para disponer de ellos.

“En aquella finca los pájaros tenían al menos una ventaja sobre los criados: podían intentar escapar volando…”

II. MILANA BONITA

Azarías es uno de los seres humanos más indefensos de Los santos inocentes. Hermano de Régula, vive en los márgenes de aquella finca y de aquella sociedad, con una discapacidad intelectual que lo vuelve especialmente vulnerable frente a un mundo construido por otros y para otros. Posee poco, decide todavía menos y casi nadie parece considerar necesario preguntarle qué quiere. Pero existe algo que sí pertenece a su pequeño universo afectivo: la milana. La cuida, la llama y la quiere. “Milana bonita” no es solamente una frase repetida. Es probablemente una de las pocas relaciones de su vida donde no existen señoritos ni criados.

Entonces aparece Iván y dispara. Azarías le había pedido que no lo hiciera. Ahí termina cualquier posibilidad de confundir la escena con una simple jornada de caza. Iván sabe que aquel animal significa algo para Azarías y, aun así, aprieta el gatillo. La escopeta mata a la milana, pero el verdadero disparo va dirigido mucho más abajo: contra la dignidad de un hombre al que el señorito considera tan subordinado que ni siquiera su dolor parece suficiente para modificar una decisión.

Aquí comienza nuestra pregunta. ¿Qué sucede cuando quien posee la escopeta empieza a considerar normal decidir también sobre aquello que pertenece, material o afectivamente, a los demás? El abuso de poder rara vez comienza anunciándose como abuso. Primero se transforma en costumbre. Después en privilegio. Finalmente, quien manda puede llegar a convencerse de que obedecerle constituye el orden natural de las cosas.

Delibes coloca entonces frente a frente dos poderes radicalmente diferentes. Azarías posee apenas una súplica. Iván posee la escopeta, la finca y la autoridad social. Uno pide. El otro decide. Y cuando el poderoso descubre que puede ignorar incluso una petición tan elemental como “no mates aquello que quiero”, la historia deja de tratar sobre una milana. Empieza a tratar sobre nosotros.

“El señorito Iván podía haber bajado la escopeta. Pero entonces habría tenido que admitir algo verdaderamente insoportable para ciertos poderosos: que también existe un límite cuando quien lo pide no tiene poder alguno.”

III. DELIBES SALE DE LA FINCA

Han pasado más de cuatro décadas desde que Miguel Delibes publicó Los santos inocentes. España cambió, Europa cambió y aquella finca extremeña pertenece a otro tiempo. Desaparecieron muchos señoritos, cambiaron las relaciones sociales y las viejas escopetas quedaron como imágenes de una sociedad que parecía destinada a los libros y al cine. Sería tranquilizador cerrar allí la historia. El problema es que basta levantar la mirada para descubrir que la finca no desapareció. Se hizo más grande.

Ahora mide continentes. Los señoritos ya no necesitan botas de campo ni una escopeta apoyada en el hombro. El poder dispone de bombarderos, misiles, drones, sanciones económicas, bloqueos, ocupaciones, aranceles, sistemas financieros y vetos diplomáticos. También posee gobiernos capaces de decidir desde miles de kilómetros qué país puede comerciar, quién recibe armas, qué población soportará una guerra y qué sufrimiento será considerado un costo aceptable. La tecnología cambió extraordinariamente. La tentación de disponer de la vida ajena, bastante menos.

Y también continúan existiendo los capataces. Gobiernos que acompañan al poderoso, aliados que justifican lo difícil de justificar, proveedores que hacen excelentes negocios mientras hablan de paz y dirigentes que descubren oportunamente que mirar hacia otro lado puede ser una política exterior bastante cómoda. Nadie necesita disparar personalmente para participar de una cacería. Algunos cargan la escopeta. Otros venden las municiones. Otros abren la puerta de la finca. Y algunos simplemente permanecen junto al señorito mientras caen las piezas.

Abajo tampoco están ya Paco, Regula y Azarías. Hay ciudades enteras, refugiados, desplazados, trabajadores, niños y pueblos que jamás participaron en las decisiones que determinaron su destino. Cambiaron los nombres, las fronteras y las armas. Pero permanece una pregunta extraordinariamente parecida a la que dejó Delibes: ¿quién puso la escopeta en manos de unos y convirtió a tantos otros en blancos?

“La humanidad modernizó admirablemente la escopeta; con el señorito, por desgracia, el progreso tecnológico fue bastante más modesto.”

IV. LOS SANTOS INOCENTES DE GAZA

Si Delibes hubiera necesitado explicar qué significa estar debajo de una escopeta que otro controla, Gaza le habría resultado insoportablemente reconocible. Allí viven alrededor de 2,1 millones de personas y UNICEF estimaba a mediados de 2026 que 1,9 millones habían sido desplazadas. Para septiembre, Naciones Unidas seguía describiendo una situación humanitaria crítica, con víctimas civiles, desplazamientos y graves dificultades para sostener servicios esenciales. Los nombres cambiaron. La condición fundamental no: millones de personas continúan soportando decisiones que no tomaron.

Los santos inocentes de Gaza son precisamente quienes no deciden las operaciones militares, no conducen gobiernos, no se sientan en los estados mayores y no poseen capacidad alguna para detener los proyectiles que atraviesan su mundo. Son niños, madres, ancianos, médicos, trabajadores y familias completas. Convertirlos en extensión de quienes combaten es una de las trampas más antiguas de la guerra: borrar primero la individualidad del civil para que después resulte más sencillo explicar su muerte mediante una estadística.

La magnitud humana es brutal. UNICEF informaba en septiembre de 2026 que al menos 21.700 niños habían sido reportados muertos hasta el 30 de junio y unos 45.000 heridos, más de 11.000 con lesiones capaces de alterar sus vidas permanentemente. Solo 19 de 35 hospitales funcionaban parcialmente y apenas 10 de 222 centros de atención primaria estaban plenamente operativos. OCHA señalaba además graves problemas de acceso al agua. Cuando hospitales, alimentos y agua potable forman parte cotidiana de la lucha por sobrevivir, hablar desde un despacho de “costos inevitables” constituye un lujo que solamente posee quien nunca tendrá que pagarlos con sus hijos.

Israel posee una enorme superioridad militar sobre una población civil sin ejércitos ni defensas atrapada en un territorio devastado. Y junto a Israel aparece Estados Unidos, proveedor fundamental de apoyo militar. El acuerdo bilateral estadounidense para 2019–2028 contempla US$3.300 millones anuales de financiamiento militar y US$500 millones anuales para programas conjuntos de defensa antimisiles. Washington no toma necesariamente cada decisión operacional israelí, pero su participación material en la capacidad militar de su aliado es un hecho documentado. Cuando se entrega semejante poder, resulta legítimo preguntar también qué responsabilidad política acompaña a quien ayuda a sostenerlo.

Los santos inocentes de Gaza no son una abstracción palestina ni una cifra destinada a desaparecer entre comunicados diplomáticos. Son seres humanos con exactamente el mismo derecho a continuar vivos que una familia de Tel Aviv, Nueva York, Moscú o Beijing. Ninguna nacionalidad, religión o frontera modifica ese principio. Esa debería ser una afirmación tan elemental que ni siquiera necesitara escribirse.

Naciones Unidas ha advertido sobre el castigo colectivo de la población palestina. La historia no se repite exactamente de la misma manera, pero algunas ideas peligrosas sí regresan. Cambian los gobiernos, cambian los uniformes y cambian las armas. Lo que no cambia es la víctima cuando el poderoso decide que muchos deben pagar por lo que hicieron unos pocos.

“En la finca de Delibes el señorito tenía que ensuciarse las manos levantando la escopeta; el siglo XXI perfeccionó tanto el poder que ahora algunos pueden proporcionar las armas, lamentar solemnemente las víctimas y llegar perfectamente limpios a la cena.”

“La historia nos enseñó que castigar a cien inocentes por la acción de uno era barbarie; sería bastante extraño descubrir ahora que depende de quién tenga la escopeta.”

V. LOS SANTOS INOCENTES ROHINYÁS

Los rohinyás llevan años demostrando que para ser un santo inocente del siglo XXI ni siquiera es necesario que las cámaras estén mirando. Son una minoría musulmana a la que Myanmar ha negado la ciudadanía, convertida en una de las mayores poblaciones apátridas del planeta. En 2017, más de 750.000 huyeron hacia Bangladesh después de la violencia y la persecución en el estado de Rakáin. En 2026, Naciones Unidas calcula que alrededor de 1,2 millones de rohinyás viven ya en Bangladesh, mientras nuevos refugiados continúan llegando empujados por el conflicto.

Cox’s Bazar se ha convertido en el refugio gigantesco de un pueblo que prácticamente lleva su país dentro de la memoria. Allí dependen de ayuda humanitaria para alimentos, agua, vivienda y atención sanitaria. Bangladesh los recibe, pero no puede resolver aquello que comenzó al otro lado de su frontera. Y regresar tampoco constituye hoy una solución sencilla: UNHCR sostiene que las condiciones en Rakáin todavía no permiten un retorno sostenible, mientras continúan la violencia, las restricciones y los abusos.

Aquí aparece otro tipo de señorito. No siempre necesita disparar. A veces le basta con decidir quién pertenece y quién no, quién posee ciudadanía y quién puede pasar generaciones sin ella. Después aparecen los demás invitados de nuestra gran finca mundial: gobiernos que expresan preocupación, organismos que piden dinero y potencias que encuentran asuntos estratégicamente más interesantes. Para 2026, Naciones Unidas y sus socios solicitaron US$710,5 millones para atender las necesidades más urgentes de los refugiados y de las comunidades bangladesíes que los reciben.

Los rohinyás no poseen petróleo suficiente para alterar mercados, armas nucleares, grandes ejércitos ni una silla desde donde golpear la mesa de las potencias. Poseen familias, recuerdos y el deseo bastante modesto de vivir en algún lugar donde alguien reconozca que pertenecen. Nueve años después del gran éxodo de 2017, el secretario general de Naciones Unidas seguía pidiendo en agosto de 2026 que el mundo volviera a prestarles atención.

“En la finca mundial hay pueblos tan pobres que ni siquiera consiguen que los señoritos discutan por ellos; pueden esperar años junto a la puerta mientras adentro se celebra otra reunión urgente.”

VI. ÁFRICA, EL CONTINENTE QUE APARECE CUANDO INTERESA

África no es una guerra ni una sola tragedia. Son 54 países, gobiernos diferentes, pueblos diferentes y conflictos con historias propias. Pero existen lugares donde nuestros santos inocentes aparecen por millones y donde la atención internacional parece encenderse y apagarse según la importancia estratégica del momento. Sudán es hoy el ejemplo más brutal. Después de tres años de guerra entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido, Naciones Unidas estimaba en 2026 que cerca de 34 millones de personas necesitaban ayuda humanitaria. Este 18 de septiembre, la OIM informó que 8,6 millones continuaban desplazadas dentro del país. No son piezas moviéndose sobre un mapa. Son personas que dejaron casas, trabajos, escuelas y familias porque otros decidieron continuar disparando.

Más al oeste, el Sahel vive otra crisis. Burkina Faso, Mali, Níger, Chad y otros países enfrentan combinaciones diferentes de violencia armada, golpes de Estado, pobreza, desplazamiento y deterioro de la seguridad alimentaria. Para la temporada crítica de junio a agosto de 2026, FAO y el Programa Mundial de Alimentos estimaban que hasta 54,8 millones de personas en África occidental y el Sahel podían enfrentar inseguridad alimentaria aguda si no llegaba ayuda suficiente. Aquí no existe un único señorito al cual culpar cómodamente. Existen gobiernos, grupos armados, intereses regionales y años de intervenciones extranjeras cuyas consecuencias deben analizarse por separado.

Y después está la República Democrática del Congo, un país extraordinariamente rico bajo el suelo y dolorosamente castigado sobre él. En el este, la guerra involucra al Gobierno congoleño, AFC/M23, otros grupos armados y actores regionales. Expertos de Naciones Unidas documentaron la participación de las Fuerzas de Defensa de Ruanda junto al AFC/M23 y la captura de zonas estratégicas y ricas en minerales. En 2026, 3,6 millones de personas permanecían desplazadas en el este del país. Cobalto, cobre, oro, coltán y otros recursos convierten al Congo en una pieza codiciada de la economía mundial; curiosamente, esa riqueza todavía no ha conseguido comprar seguridad para quienes viven encima de ella.

África conoce además otra forma de poder. Armas fabricadas lejos terminan combatiendo en sus guerras; minerales extraídos de su territorio terminan en cadenas industriales globales; petróleo y rutas comerciales atraen atención internacional mientras una crisis humanitaria puede pasar meses fuera de las primeras páginas. No significa que cada guerra africana haya sido creada desde el extranjero. Sería falso y demasiado sencillo. Significa algo más incómodo: los responsables locales disparan, los intereses regionales intervienen y el mundo exterior aparece con sorprendente rapidez cuando hay seguridad, minerales, energía o influencia en juego.

Los santos inocentes africanos tampoco necesitan que alguien los convierta en símbolo. Ya tienen nombres, familias y países. Lo que necesitan es dejar de ser importantes solamente cuando su tierra contiene algo que otros desean.

“África posee una curiosa habilidad para desaparecer del mapa cuando tiene hambre y reaparecer inmediatamente cuando alguien descubre debajo de sus pies petróleo, cobre, cobalto, oro o coltán.”

VII. LOS SANTOS INOCENTES DE SUDÁN DEL SUR, NACER COMO PAÍS Y SEGUIR HUYENDO

Sudán del Sur nació como Estado independiente en 2011 después de décadas de guerra. Quince años después, millones de sus habitantes continúan esperando algo mucho más sencillo que una bandera propia: poder vivir sin hambre, violencia ni desplazamiento. En 2026, más de 2,5 millones de personas permanecen desplazadas dentro del país, muchas desde el conflicto iniciado en 2013. A ellas se suma la presión provocada por la guerra del vecino Sudán, que desde 2023 ha empujado a más de 1,3 millones de personas hacia territorio sursudanés. La independencia llegó; la tranquilidad, bastante más despacio.

La cifra que realmente desnuda la tragedia está en los platos vacíos. En agosto de 2026, el Programa Mundial de Alimentos advertía que 7,8 millones de personas sufrían inseguridad alimentaria aguda y 2,2 millones de niños padecían malnutrición aguda. Al mismo tiempo, la falta de dinero amenazaba con cortar ayuda alimentaria a cientos de miles de refugiados y desplazados. No hablamos de una tierra sin alimentos porque el planeta sea incapaz de producirlos. Hablamos de personas atrapadas entre conflictos, pobreza, inundaciones, desplazamiento y una ayuda internacional que se reduce precisamente cuando más se necesita.

Aquí nuestros santos inocentes vuelven a tener rostro. Son niños que no votaron una guerra, campesinos que no dibujaron fronteras, mujeres que no negociaron acuerdos militares y familias que nunca participaron en las reuniones donde otros decidieron el futuro de su país. Ninguno controla los fusiles, los presupuestos ni las mesas diplomáticas. Sin embargo, cuando todo fracasa, son ellos quienes caminan, huyen y dejan de comer. Los responsables políticos y armados continúan discutiendo poder; el hambre, bastante menos diplomática, llega directamente a las casas.

“Sudán del Sur consiguió finalmente su independencia; millones de sus habitantes todavía esperan independizarse del hambre, de las armas y de las decisiones que siempre toman otros.”

VIII. LOS SANTOS INOCENTES DE SOMALIA, CUANDO EL HAMBRE DEJA DE SER NOTICIA

Somalia lleva tantas décadas asociada a guerra, sequía y hambre que existe un peligro todavía más cruel: que el mundo termine acostumbrándose. En mayo de 2026, Naciones Unidas advertía que 6 millones de personas, alrededor del 31 % de la población, enfrentaban niveles críticos de inseguridad alimentaria. Cerca de 1,9 millones de niños sufrían malnutrición aguda y 493.000 padecían su forma severa. No son números de una catástrofe ocurrida hace medio siglo. Son cifras publicadas hace apenas cuatro meses.

Somalia tampoco tiene una explicación única. Se mezclan años de conflicto armado, desplazamientos, grupos como Al-Shabaab, instituciones estatales frágiles, sequías prolongadas, lluvias insuficientes, enfermedades y una economía incapaz de proteger a millones de personas cuando llega otra crisis. Para 2026, Naciones Unidas estimaba que 4,8 millones de personas necesitaban asistencia humanitaria y alrededor de 3,3 millones de desplazados internos enfrentaban graves riesgos de protección. Incluso el acceso a la escuela retrata el tamaño del problema: el plan humanitario de la ONU estimaba que el 62 % de los niños en edad escolar estaba fuera de ella.

Pero existe una cifra que debería incomodar particularmente a nuestra gran finca mundial. En mayo, Naciones Unidas señalaba que casi el 90 % de quienes necesitaban asistencia recibían poca ayuda o ninguna, mientras el plan humanitario para 2026 estaba financiado apenas en un 15,2 %. El mundo posee dinero para ejércitos, tecnología, grandes obras y rescates financieros. Cuando cientos de miles de niños somalíes padecen malnutrición severa, en cambio, aparece de pronto una enfermedad internacional bastante conocida: la falta de presupuesto.

Los santos inocentes de Somalia no necesitan otra declaración solemne. Necesitan agua, alimentos, médicos, seguridad y una posibilidad de crecer sin que el lugar donde nacieron determine cuánto vale su vida para el resto del planeta. El hambre no conoce geopolítica, pero la atención internacional parece conocerla perfectamente.

“Cuando falta dinero para alimentar a un niño somalí lo llamamos crisis de financiamiento; cuando sobra dinero para comprar armas, curiosamente, nadie pregunta dónde estaba escondida la billetera.”

IX. LOS SANTOS INOCENTES DE SUDÁN, CUANDO NADIE PUEDE SALIR DE LA FINCA

Sudán merece algo más que unas líneas dentro de la tragedia africana. Desde abril de 2023, la guerra entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido ha convertido enormes zonas del país en campos de batalla. En abril de 2026, Naciones Unidas señalaba que cerca de nueve millones de personas seguían desplazadas dentro de Sudán, la mayor crisis de desplazamiento del mundo. Millones tuvieron que abandonar sus casas sin haber decidido una guerra, elegido un frente ni empuñado un fusil. Aquí nuestros santos inocentes no necesitan metáfora: caminan llevando lo que pudieron rescatar.

Darfur y Kordofán muestran todavía mejor quién paga. En mayo, Naciones Unidas advertía que 14 zonas permanecían bajo alto riesgo de hambruna si aumentaban los combates y empeoraba el acceso de la ayuda humanitaria. Familias enteras quedan atrapadas entre hombres armados, carreteras inseguras y alimentos que no siempre consiguen llegar. El hambre vuelve a hacer aquello que hace extraordinariamente bien: no pregunta quién comenzó la guerra antes de entrar en una casa.

Sudán tampoco es una guerra sencilla de buenos contra malos. Existen dos grandes fuerzas enfrentadas, grupos armados, intereses económicos y actores regionales y extranjeros con influencia sobre el conflicto. Pero debajo de toda esa geopolítica aparece una realidad mucho menos complicada: quienes deciden continuar la guerra poseen armas; quienes desean simplemente sobrevivir poseen piernas para intentar escapar. Y hasta esa posibilidad desaparece cuando no existe un lugar seguro hacia donde correr.

Mientras tanto, el mundo discute otras guerras, otras fronteras y otras prioridades. Sudán continúa acumulando desplazados con una eficiencia que debería avergonzar a cualquiera que todavía utilice la expresión “comunidad internacional” como si describiera una familia.

“En la finca de Sudán hay tantos señoritos armados que ya resulta difícil saber quién manda; los santos inocentes, en cambio, saben perfectamente quién paga.”

X. LOS SANTOS INOCENTES DEL PLANETA

“Llegaron después, dibujaron las fronteras, registraron la propiedad, concedieron las minas y terminaron explicándoles a quienes estaban allí desde siglos antes que ahora vivían dentro de tierras ajenas.”

Los santos inocentes del siglo XXI no viven solamente en una finca extremeña ni obedecen ya necesariamente a un señorito Iván con escopeta al hombro. Están también en la Amazonía, la Patagonia, los Andes, el Ártico, las selvas de África, las islas del Pacífico, Australia, Canadá y las grandes extensiones rurales de Asia. Son pueblos indígenas y ancestrales que habitaban esos territorios mucho antes de que llegaran los mapas modernos, los catastros, las compañías, las concesiones mineras, los oleoductos y las oficinas públicas encargadas de explicarles quién era ahora propietario de aquello que sus antepasados habían recorrido durante generaciones.

La historia posee una ironía extraordinaria. Primero llegaron otros, ocuparon el territorio, trazaron fronteras y escribieron leyes. Después exigieron títulos de propiedad a quienes nunca habían necesitado títulos porque la tierra no era una mercancía que pudiera guardarse dentro de una carpeta. Finalmente, cuando aparecieron cobre, litio, petróleo, gas, oro, hierro, madera, agua o tierras agrícolas, aquellos mismos documentos terminaron demostrando jurídicamente que los antiguos habitantes tenían menos derechos que una empresa constituida hacía quince años. La civilización había conseguido uno de sus prodigios administrativos: transformar al ocupante original en intruso.

Los pueblos mapuche de Chile y Argentina, los quechuas y aymaras de los Andes, las numerosas naciones amazónicas de Brasil, Perú, Colombia, Ecuador y Bolivia, los inuit del norte canadiense, las Primeras Naciones de Canadá, los pueblos originarios de Estados Unidos, los maoríes de Nueva Zelanda y los aborígenes australianos comparten historias diferentes, pero también una contradicción semejante. Sus territorios contienen una parte extraordinaria de los recursos naturales que el mundo moderno considera estratégicos, mientras muchas de sus comunidades continúan enfrentando pobreza, servicios públicos insuficientes, dificultades de acceso a salud, educación, vivienda, agua potable y representación política efectiva.

La paradoja podría escribirse en una sola línea: poseen debajo de sus pies aquello que el mundo necesita, pero con demasiada frecuencia reciben apenas una fracción del valor producido sobre sus propios territorios. El siglo XXI habla de transición energética, minerales críticos, electromovilidad, hidrógeno verde, conservación de biodiversidad y seguridad hídrica. Son palabras modernas, limpias, tecnológicas. Pero cuando una nueva mina, represa, carretera o explotación forestal se instala sin participación suficiente de las comunidades afectadas, la escopeta del señorito Iván simplemente ha cambiado de forma. Ya no necesariamente dispara plomo. Puede disparar decretos, concesiones, expropiaciones, permisos ambientales o contratos redactados a miles de kilómetros del lugar donde caerán sus consecuencias.

“El progreso posee una curiosa puntería: suele encontrar rápidamente los minerales bajo una comunidad y mucho más lentamente a las personas que viven encima de ellos.”

Y esos derechos no deberían desaparecer cuando debajo de su territorio aparece un recurso cuyo precio internacional multiplica súbitamente el interés de gobiernos, inversionistas y empresas. Precisamente allí comienza la verdadera prueba de una democracia: cuando debe decidir si el ciudadano vale lo mismo antes y después de descubrirse algo valioso bajo sus pies.

Existe además otra forma de despojo menos visible: la cultural. Durante generaciones, innumerables comunidades indígenas fueron obligadas o presionadas para abandonar sus lenguas, costumbres, religiones, nombres y formas de educación. La modernización fue presentada demasiadas veces como una puerta que solamente podía cruzarse dejando la identidad al otro lado. El niño podía ingresar a la escuela, pero debía aprender que la lengua de sus abuelos era inferior. El adulto podía incorporarse al mercado, siempre que aceptara que sus formas tradicionales de relación con la tierra eran atrasadas. La integración terminaba pareciéndose demasiado a una invitación cuyo precio de entrada era dejar de ser uno mismo.

Y entonces aparece Delibes nuevamente. Azarías repetía “milana bonita” porque dentro de un mundo brutal todavía conservaba un espacio íntimo de ternura que el poder no comprendía. Muchos pueblos ancestrales han protegido durante siglos algo semejante: una relación con la tierra, los animales, el agua, los bosques y los antepasados que la economía moderna suele traducir inmediatamente a toneladas, hectáreas, kilovatios o dólares. No significa rechazar el desarrollo. Significa preguntarse qué clase de desarrollo necesita destruir aquello que afirma venir a mejorar.

El planeta necesita disminuir las emisiones, electrificar el transporte y reemplazar progresivamente combustibles fósiles. Pero una transición ecológica no puede considerarse plenamente justa si para fabricar automóviles eléctricos en las ciudades más ricas resulta necesario repetir en territorios indígenas las mismas relaciones de poder que acompañaron durante siglos la extracción colonial de otras materias primas. Pintar de verde una injusticia no modifica necesariamente su naturaleza.

“Por qué alguien en una capital distante puede determinar qué ocurrirá con un río, una montaña o un bosque sin que quienes viven allí posean una capacidad equivalente para decidir. Por qué se los consulta cuando la ley obliga, pero rara vez cuando se reparten las ganancias.”

Ese es probablemente el punto donde el señorito Iván del siglo XXI se parece más al personaje de Delibes. No necesariamente porque sea personalmente cruel, sino porque considera natural una jerarquía que lo coloca arriba. El señorito contemporáneo puede ser una corporación, un ministerio, un fondo de inversión, una institución financiera o incluso un gobierno convencido de representar el interés nacional. Habla de crecimiento, inversión, productividad y competitividad. Todas pueden ser necesidades legítimas. El problema comienza cuando esas palabras se utilizan para explicar que algunos deben sacrificar mucho para que otros prosperen todavía más.

En el fondo, la pregunta no ha cambiado demasiado desde Los santos inocentes. Los pueblos ancestrales llevan siglos respondiendo con su propia existencia. Sobrevivieron a conquistas, epidemias, desplazamientos, fronteras, reducciones territoriales, prohibiciones lingüísticas y proyectos de integración que muchas veces confundieron igualdad con desaparición cultural. Y continúan allí. Quizá porque existe una forma de poder que las grandes estructuras todavía comprenden mal: la capacidad de permanecer.

“El señorito Iván disparaba hacia abajo porque estaba convencido de que aquello era el orden natural de las cosas. El siglo XXI debería preguntarse cuántas veces continúa haciendo exactamente lo mismo, sólo que ahora llama desarrollo al disparo.”

XI. EL SEÑORITO PRINCIPAL DE NUESTRA METÁFORA

Francisco de Quevedo escribió hace cuatro siglos que “Poderoso caballero es don Dinero”.

Donald Trump parece haber llevado aquella vieja frase española hasta la política exterior del siglo XXI. Estados Unidos posee capacidad militar, controla una moneda central para el comercio mundial, tiene enorme influencia financiera y conserva una red internacional de alianzas. Trump recibió esa formidable caja de herramientas y ha hecho del poder económico una pieza central de su política exterior. Aranceles, sanciones, armas, petróleo y acceso al mercado estadounidense aparecen una y otra vez como instrumentos para conseguir objetivos políticos.

En 2026 volvió a comprobarse hasta dónde puede llegar esa capacidad. En febrero, Trump impuso temporalmente un recargo general del 10 % sobre una amplia gama de importaciones, invocando problemas de balanza de pagos. En julio ordenó aranceles del 10 % sobre productos de numerosos países bajo investigaciones vinculadas al trabajo forzoso. Mientras tanto, el Tesoro continúa administrando una extensa arquitectura de sanciones que alcanza, entre otros, a Irán, Cuba, Venezuela, Rusia, Myanmar, Nicaragua y Corea del Norte. Cada medida tiene una justificación oficial diferente y sus efectos también son diferentes. Pero juntas muestran algo difícil de discutir: Washington posee instrumentos económicos capaces de afectar empresas, gobiernos, comercio y, finalmente, personas situadas a miles de kilómetros de la Casa Blanca.

En febrero de 2026, Trump ordenó crear una estrategia denominada explícitamente America First Arms Transfer Strategy, destinada a utilizar las ventas internacionales de armamento como instrumento de política exterior y también para expandir la producción estadounidense. Israel continúa siendo uno de los ejemplos más importantes de cooperación militar estadounidense: el presupuesto de defensa para 2026 contempló US$500 millones para programas israelíes conjuntos de defensa antimisiles. Estados Unidos tiene derecho a definir sus alianzas; la pregunta de nuestra columna es otra: cuando un país posee semejante capacidad para suministrar armas, imponer sanciones y condicionar mercados, ¿dónde termina la defensa de sus intereses y dónde comienza el abuso de una desigualdad extraordinaria de poder?

Aquí vuelve Delibes. El señorito de nuestra metáfora no es poderoso porque grite más fuerte. Es poderoso porque tiene la escopeta, decide cuándo utilizarla y sabe que quienes están delante poseen muchas menos posibilidades de responder. Don Dinero agregó algo que Iván jamás tuvo: bancos, mercados, sanciones, aranceles y una industria militar capaz de llevar aquella relación de poder mucho más allá de cualquier finca extremeña.

“Quevedo tenía razón: poderoso caballero es don Dinero. Lo que probablemente nunca imaginó fue verlo cuatro siglos después acompañado de aranceles, sanciones, petróleo y una industria de armamentos; al pobre señorito Iván, de pronto, su escopeta le habría parecido un juguete.”

XII. LOS OTROS SEÑORITOS

El señorito de nuestra historia no tiene una sola bandera. Israel ocupa aquí un lugar inevitable por Gaza. Las operaciones militares, la destrucción, el desplazamiento y las restricciones que afectan la entrada de suministros esenciales han dejado a una población civil dependiendo de una gigantesca operación humanitaria. En septiembre de 2026, OCHA seguía informando ataques sobre zonas pobladas, desplazamientos y graves problemas de acceso al agua, mientras materiales esenciales para salud, saneamiento y refugio continuaban sujetos a restricciones. Aquí la metáfora de Delibes vuelve a resultar incómoda: quien controla buena parte de la puerta también posee poder sobre quienes esperan detrás de ella.

Pero nuestra vara debe medir también a los demás poderosos. China posee una capacidad económica enorme y la utiliza para defender sus intereses comerciales, tecnológicos y estratégicos. Rusia utiliza poder militar y energético. Las potencias europeas hablan de derechos humanos mientras mantienen relaciones económicas, militares y diplomáticas que no siempre avanzan al mismo ritmo que sus declaraciones. India, las monarquías del Golfo y otras potencias regionales defienden también sus propios intereses. Ninguna bandera convierte automáticamente al poderoso en señorito; lo convierte en señorito la forma en que utiliza su poder frente a quien posee mucho menos.

Y aquí aparece una diferencia que no debemos esconder. Ucrania recibe armas, financiamiento, entrenamiento y respaldo diplomático de una coalición de países poderosos. La Unión Europea calcula que su apoyo total ha alcanzado €221.200 millones. Gaza que posee?, quien la ayuda ¿solo millones de personas en el mundo reclamando protección para sus civiles, pero esa ayuda no equivale a una estructura militar capaz de protegerlos. Incluso la asistencia humanitaria continúa enfrentando restricciones de acceso. Son dos guerras diferentes y dos relaciones de poder diferentes.

Ahí aparecen también los señoritos silenciosos. Son gobiernos capaces de levantar la voz pero que calculan primero alianzas, contratos, comercio, armas y consecuencias diplomáticas. Algunos condenan; otros se abstienen; otros continúan negociando. Y mientras las cancillerías buscan cuidadosamente el verbo correcto, los santos inocentes no reciben comunicados diplomáticos sobre sus cabezas. Reciben las consecuencias.

No todos los poderosos disparan. Algunos suministran armas. Otros financian. Otros bloquean decisiones. Otros venden, compran o guardan silencio. Y otros llevan ayuda, atienden heridos o presionan para detener la violencia. Precisamente por eso no podemos meterlos a todos en la misma bolsa. La responsabilidad debe tener nombre, decisión, fecha y consecuencia.

“En la finca de Delibes era fácil reconocer al señorito porque llevaba la escopeta. En la finca mundial resulta más difícil: algunos disparan, otros venden los cartuchos y otros miran hacia otro lado; pero casi todos aseguran que estaban allí buscando la paz.”

XIII. LOS CAPATACES

Ningún señorito administra solo una finca grande. Necesita capataces, proveedores, socios y personas suficientemente cercanas para hacer posible aquello que él no ejecuta personalmente. La geopolítica moderna funciona de manera parecida. Un país dispara, pero otro puede venderle las armas. Uno impone una decisión, otro proporciona logística. Uno combate y otro financia. También existe el poder diplomático: una mano puede no sostener jamás un fusil y, sin embargo, levantarla en una sala de Naciones Unidas para impedir una decisión que podría limitar a quien sí lo sostiene.

Gaza ofrece un ejemplo difícil de esconder. El 4 de junio de 2025, el Consejo de Seguridad votó una resolución que exigía un alto el fuego inmediato, incondicional y permanente, además del levantamiento de las restricciones a la entrada de ayuda humanitaria. Catorce países votaron a favor. Estados Unidos votó solo en contra y, gracias a su derecho de veto, la resolución quedó bloqueada. Francia, Reino Unido, China y Rusia, también miembros permanentes con derecho de veto, votaron a favor.

Pero existen también capataces económicos y militares. Las armas necesitan fabricantes, contratos, permisos, transporte y compradores. Las guerras modernas poseen cadenas de suministro extraordinariamente eficientes. Resulta una de las contradicciones más feroces de nuestro tiempo: podemos tardar meses en conseguir dinero suficiente para alimentar refugiados y, al mismo tiempo, mantener funcionando industrias capaces de producir sistemas militares cada vez más costosos. En nuestra finca mundial, la escopeta dejó de ser artesanal hace mucho tiempo.

Y después están quienes no pueden ser llamados cómplices sin pruebas, pero tampoco deberían desaparecer de nuestra historia. Son los gobiernos que observan, calculan alianzas, protegen contratos o limitan su reacción a comunicados. Callar no equivale automáticamente a participar en un crimen. Pero tampoco todos los silencios tienen el mismo peso. Cuanto mayor es la capacidad de un Estado para influir, mediar, condicionar una venta de armas, financiar ayuda o ejercer presión diplomática, más legítimo resulta preguntarle qué hizo con ese poder.

Mientras tanto, en Gaza la diferencia entre las grandes declaraciones y la realidad continúa siendo brutal. En julio de 2026, OCHA informaba que las restricciones israelíes, la inseguridad y la falta de financiamiento seguían limitando las operaciones humanitarias, y que la entrada de equipos y suministros esenciales continuaba sufriendo restricciones. En junio, la ONU señalaba que la mayor parte de los 2,1 millones de habitantes seguía desplazada.

Delibes necesitaba pocos personajes para explicar este mecanismo. Estaba quien mandaba, quien obedecía y quien pagaba las consecuencias. El siglo XXI lo hizo más sofisticado: ahora existen alianzas, contratos, vetos, cadenas logísticas y magníficos discursos humanitarios. Pero cuando termina la reunión y se apagan los micrófonos, todavía queda una pregunta bastante sencilla: ¿quién ayudó a detener la escopeta y quién ayudó a que siguiera funcionando?

“El señorito dispara, el capataz le alcanza los cartuchos y el invitado mira para otro lado; después los tres pueden discutir largamente quién tuvo realmente la culpa de que cayera el pájaro.”

XIV. LOS INVITADOS A LA CACERÍA

Toda gran cacería tiene invitados. Algunos llegan con escopeta, otros observan, algunos protestan cuando el disparo resulta demasiado brutal y otros prefieren mantenerse cerca del dueño de la finca. En la geopolítica ocurre algo parecido, aunque sería injusto colocar a todos en la misma fotografía. La Unión Europea, India, Pakistán, China, los países árabes y buena parte del Sur Global han adoptado posiciones diferentes frente a Gaza. Lo importante no es adivinar sus intenciones. Importa mirar qué dijeron, cómo votaron, qué ayuda entregaron y qué relaciones decidieron mantener.

La Unión Europea ha pedido acceso humanitario inmediato y sin obstáculos, protección de los civiles y retirada de las fuerzas israelíes de Gaza. En julio de 2026 calificó la situación humanitaria de “catastrófica”. Pero Europa tampoco constituye un único gobierno: sus Estados mantienen políticas diferentes hacia Israel y las decisiones europeas deben negociar esas diferencias internas. Esa contradicción entre capacidad económica, declaraciones políticas y medidas efectivamente adoptadas forma también parte de nuestra finca.

India muestra otra posición interesante. Nueva Delhi mantiene relaciones importantes con Israel y, al mismo tiempo, declara su apoyo a la protección de civiles palestinos, a la ayuda humanitaria y a una solución de dos Estados. En junio de 2025, cuando 149 países aprobaron en la Asamblea General una resolución que exigía terminar el bloqueo, abrir los cruces y permitir la entrada de ayuda, India se abstuvo. Su representante explicó que India estaba profundamente preocupada por Gaza y había entregado ayuda humanitaria, pero defendió una salida mediante diálogo y diplomacia. Ahí está precisamente la complejidad que buscamos: no basta escuchar el discurso; también hay que mirar el tablero cuando se encienden las luces de la votación.

Pakistán ha utilizado un lenguaje mucho más directo. En junio de 2026 exigió ante Naciones Unidas acceso humanitario inmediato y sin obstáculos, apertura de los cruces, incluido Rafah, levantamiento del bloqueo y protección del personal médico y humanitario. Otros países del Sur Global han utilizado también la Asamblea General para reclamar protección de los civiles palestinos. En junio de 2025, aquella resolución obtuvo 149 votos favorables, 12 contrarios y 19 abstenciones. No terminó la tragedia, pero dejó algo escrito con bastante claridad: la preocupación por Gaza estaba lejos de pertenecer solamente a un pequeño grupo de países.

Y están las Naciones Unidas, probablemente el invitado más extraño de todos. Puede documentar, alimentar, vacunar, refugiar, denunciar y reunir a casi todo el planeta en una sala, pero sus decisiones más importantes tropiezan con una estructura creada en 1945: cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad poseen derecho de veto. La Asamblea General puede reunir 149 votos y expresar una voluntad política abrumadora, pero no dispone del mismo poder coercitivo. El mundo construyó una organización para evitar nuevas catástrofes y, al mismo tiempo, entregó a cinco grandes potencias una llave especial para cerrar determinadas puertas.

Los invitados, por tanto, no son iguales. Unos envían alimentos. Otros armas. Algunos votan por detener la violencia. Otros se abstienen. Algunos comercian mientras protestan. Otros intentan mediar. No corresponde juzgarlos como un solo bloque, pero sí corresponde mirar qué hicieron cuando tuvieron que elegir entre sus intereses y los santos inocentes que estaban debajo.

“En las grandes cacerías todos aseguran querer mucho a los pájaros; la diferencia aparece cuando llega el momento de decidir quién baja la escopeta, quién entrega comida y quién simplemente vuelve a sentarse a la mesa.”

XV. MILANA BONITA, 2026

Volvamos por última vez a aquella finca. Azarías mira hacia arriba. Allí está la milana. No posee ejército, dinero, influencia ni amigos importantes. Ni siquiera comprende completamente el mundo de los hombres que mandan a su alrededor. Tiene algo mucho más sencillo: quiere a aquel pequeño animal y pide que no lo maten. Frente a él está el señorito con la escopeta. Puede bajar el arma. Puede escuchar. Puede decidir que poseer la capacidad de disparar no significa estar obligado a hacerlo. Pero dispara.

Han pasado más de cuarenta años desde que Delibes escribió aquella historia. Nuestra finca es ahora bastante más grande. Tiene aproximadamente 510 millones de kilómetros cuadrados y se llama Tierra. Dentro de ella viven más de ocho mil millones de personas, separadas por fronteras, religiones, idiomas, riqueza y poder. Unos poseen armas nucleares, ejércitos, bancos, recursos, tecnología y derecho de veto. Otros poseen poco más que su familia, su casa y la esperanza de que mañana nadie decida destruirlas.

Ese es el verdadero problema que deja nuestra milana en 2026. El poder siempre encontrará una explicación para sí mismo. Hablará de seguridad, intereses nacionales, mercados, fronteras, alianzas, represalias y estrategia. Algunas razones serán legítimas y otras no. Pero existe una pregunta anterior a todas ellas: ¿qué ocurre con el ser humano que está debajo cuando el poderoso decide utilizar aquello que tiene en sus manos?

Delibes no necesitó resolver el mundo. Nosotros tampoco. Tal vez baste con conservar una regla elemental: ninguna bandera convierte una vida inocente en menos valiosa que otra. Ninguna potencia adquiere más derechos humanos porque tenga más armas. Y ninguna víctima deja de ser víctima porque su muerte resulte conveniente para explicar una estrategia.

Azarías todavía mira hacia arriba. El señorito todavía sostiene la escopeta. Nosotros ya sabemos cómo termina aquella escena. Esta vez, quizá, podríamos aprender algo antes de escuchar el disparo.

“Milana bonita, milana bonita… La finca ahora es el planeta entero. Lo único que falta saber es si algún día el señorito aprenderá a bajar la escopeta.”

CIERRE

«En la finca de Delibes, los señoritos disparaban y otros recogían los pájaros. En la finca del siglo XXI cambiaron las escopetas, los automóviles y los apellidos. Ahora existen misiles, drones, sanciones, vetos, portaaviones y presupuestos de billones de dólares. Pero abajo siguen estando los mismos santos inocentes: hombres, mujeres y niños que jamás fueron invitados a decidir la guerra, el bloqueo, la frontera ni el hambre que determinarán sus vidas.”

“Quizá el problema nunca estuvo solamente en la escopeta. Estuvo en que algunos señoritos terminaron creyendo que el cielo también les pertenecía…»

FUENTE: pressenza.com