¿Qué hacemos cuando lo posible cambia?
Una nueva capacidad puede hacer algo más que facilitarnos una tarea: puede mover el horizonte desde el cual imaginamos lo que todavía puede hacerse. Buena parte de la historia humana puede leerse a través de esos desplazamientos. Condiciones que parecían permanentes dejaron de serlo y, desde cada nueva situación, aparecieron preguntas antes impensables. Nuestra historia ocupa apenas un instante dentro de una escala mucho mayor de la vida y, aun así, está marcada por la transformación reiterada de aquello que cada época creyó permanente.
La inteligencia artificial nos sitúa otra vez ante un cambio de esa magnitud. Importa su velocidad, pero sobre todo el tipo de actividades en las que empieza a intervenir.
Una creación surgida de necesidades, conocimientos e intenciones humanas participa ahora en tareas mediante las cuales comprendemos situaciones, relacionamos información, anticipamos y actuamos. Hemos modificado una condición y esa condición empieza a modificar nuestro campo de acción.
Cada ampliación de lo posible nos vuelve a colocar ante la necesidad de definir la dirección.
Cuando la exigencia se desplaza
Una operación que antes exigía tiempo, aprendizaje y esfuerzo puede volverse sencilla sin que desaparezca el problema que le daba sentido. Cuando ejecutar exige menos esfuerzo, la atención puede profundizarse: comprender mejor la situación, distinguir qué importa y reconocer para qué actuamos.
Con la inteligencia artificial, obtener información, producir alternativas, elaborar argumentos o anticipar escenarios requiere cada vez menos esfuerzo. Una respuesta impecable, sin embargo, puede ser inútil si nace de una pregunta pobre, de criterios insuficientes o de una lectura parcial de la situación. Llegar antes a una respuesta no significa haber comprendido mejor aquello que intentábamos resolver.
Comprender supone algo distinto de ejecutar correctamente una serie de operaciones.
Implica relacionar lo que ocurre con un contexto, reconocer sus consecuencias, advertir lo que todavía no vemos y proyectar desde allí una acción. Al reducir la demanda operativa, la tecnología puede favorecer una atención más profunda a esa dimensión de la experiencia.
La exigencia ya no está solamente en saber hacer. También está en comprender qué merece nuestra atención y qué buscamos producir con nuestra respuesta. Cuanto más fácil se vuelve hacer, más visible puede hacerse la exigencia de comprender.
Podemos tener más capacidad y menos posibilidades
No toda ampliación técnica amplía necesariamente nuestra vida.
Una persona puede utilizar un sistema para reconocer variables que antes no alcanzaba a considerar, aprender de ese proceso y abordar problemas de mayor complejidad. Otra puede apoyarse en una herramienta semejante hasta dejar de comprender las operaciones que delega. Ambas disponen de una capacidad técnica superior. Sus posibilidades, sin embargo, no se han ampliado de la misma manera.
Algo parecido ocurre en las organizaciones. La automatización puede liberar tiempo para atender problemas siempre postergados o convertirse simplemente en una razón para exigir más producción. También podemos multiplicar información e indicadores sin comprender mejor aquello que sucede.
Incluso una revolución tecnológica puede dejarnos sorprendentemente cerca del mismo lugar: más respuestas para las mismas preguntas, más velocidad para los mismos procedimientos, más productividad dentro de las mismas relaciones.
La distinción importa. Una capacidad aumenta aquello que podemos ejecutar. Una posibilidad aparece cuando esa capacidad cambia de manera efectiva nuestro campo de acción: comprendemos algo que antes no comprendíamos, accedemos a alternativas que estaban fuera de alcance o podemos intervenir sobre condiciones que parecían inmodificables.
La inteligencia artificial puede ampliar enormemente ambas cosas. Nada asegura que lo haga al mismo tiempo.
Nada está decidido solo porque ya esté ocurriendo
La velocidad y la concentración del desarrollo de la inteligencia artificial alimentan una riesgosa idea: las decisiones importantes ya se están tomando en otros lugares y, cuando sus consecuencias lleguen al resto, nos quedará sobre todo adaptarnos. Esa impresión tiene bases reales. Un grupo reducido de empresas concentra buena parte de la infraestructura, la inversión y el desarrollo de los sistemas más avanzados. Los Estados compiten por posiciones estratégicas. Quienes reúnen esas capacidades pueden influir en mercados, formas de trabajo, producción de conocimiento y en los marcos desde los cuales imaginamos lo que viene.
Esa concentración condiciona el punto de partida, pero no agota el proceso.
Ese poder existe y no conviene minimizarlo. Sin embargo, una tecnología al entrar en la vida social se encuentra con instituciones, culturas, regulaciones, necesidades, conflictos y aspiraciones que no estaban contenidos en su diseño. Allí puede adquirir usos inesperados, encontrar límites y provocar respuestas que alteren su trayectoria.
El alcance social de la inteligencia artificial toma forma, por eso, en muchos lugares a la vez: en una universidad que revisa qué significa aprender, en una profesión que decide qué juicio no quiere delegar, en una organización que define qué hará con la capacidad liberada, en comunidades que encuentran usos para problemas no previstos en los centros donde se desarrolló la tecnología.
La desigualdad de poder es real. Convertirla en la imagen de un futuro cerrado tiene una consecuencia práctica: si suponemos que todo ha sido decidido por otros, reducimos nuestra participación antes siquiera de comprobar cuál era nuestro margen de intervención. Esa retirada deja más espacio para que ciertas trayectorias se afiancen y otras ni siquiera lleguen a intentarse.
No decidir no nos coloca fuera del proceso. También produce un tipo de futuro.
FUENTE: pressenza.com
