La nueva Guerra Santa: El peligro del fanatismo político en el siglo XXI
En la Edad Media, como consecuencia de las permanentes disputas territoriales entre la jerarquía eclesiástica y la nobleza, la belicosidad basada en dogmas absolutos era la única receta conocida para resolver controversias. Así, en la España medieval, Francia y Roma los conflictos eran constantes; al punto que la máxima autoridad católica, el Papa, se vio obligado a trasladar su sede desde Roma hasta Aviñón, cediendo ante la presión política a cambio de protección en un entorno de violencia descontrolada.
Hoy, siglos después, la historia parece rimar. Aunque los gobernantes actuales ya no marchan con ejércitos bajo el estandarte de la cruz, las banderas del fanatismo partidista han adoptado la misma lógica inquisitorial. El componente religioso del pasado ha sido reemplazado por una devoción ciega a dogmas políticos seculares.
Bajo esta nueva moral, el rival no es un adversario a vencer en las urnas, sino un «infiel» que debe ser deshumanizado y extirpado, una dinámica destructiva que se observa tanto en el violento escenario de Medio Oriente con Netanyahu exterminando al pueblo palestino, como en la creciente polarización global.
Esta aspiración al poder omnímodo busca concentrar el control de todas las instituciones para anular la disidencia. En América Latina crece a una velocidad preocupante un dogmatismo ideológico que desprecia la institucionalidad republicana. Es un fenómeno tan radical que legitima el deseo de algunos líderes de retrotraer a la humanidad a los tiempos previos a la Revolución Francesa, borrando de un plumazo la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” aprobada el 26 de agosto de 1789, hito que puso fin al absolutismo y al feudalismo al establecer que la soberanía reside en el pueblo y no en el rey por derecho divino. Y aunque aquella declaración original no fue precisamente universal al omitir a las mujeres -lo que obligó a que en 1791 se redactara la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana-, son precisamente estos avances civilizatorios fundamentales los que hoy se pretenden eliminar.
Bajo esa misma lógica de demolición, el planteamiento fundacional de Montesquieu sobre la “separación de poderes” parece un recuerdo aplastado. Figuras del espectro político actual como Nayib Bukele, Javier Milei o Donald Trump lideran cruzadas que pasan por encima de los parlamentos y los tribunales. Gobiernan mediante decretos y discursos de odio que erosionan la democracia desde adentro, al tiempo que atacan frontalmente el multilateralismo de organismos como la ONU o la OMS porque estos representan un obstáculo para sus intereses imperiales de dominio.
El panorama actual nos retrotrae a la desesperanza del medioevo. Sin embargo, la propia historia ofrece la brújula para salir del laberinto. En el siglo XVII, tras décadas de matanzas colectivas en nombre de verdades absolutas, la humanidad entendió que la única alternativa al exterminio mutuo era el agotamiento del dogma. La superación de las guerras santas llegó con la Paz de Westfalia en 1648, un hito que impuso la secularización de la política, el respeto a la soberanía del otro y la obligatoriedad de resolver los conflictos mediante la diplomacia y las leyes, no mediante pretensiones morales de superioridad.
¿Cuál es, entonces, la respuesta a la cruzada fanática del siglo XXI? No es otra guerra ideológica, sino un urgente pacto de convivencia democrática. Si la política actual se ha convertido en una religión laica radicalizada, la solución exige desideologizar la convivencia civil. Es imperativo desarmar el lenguaje violento y reconstruir los acuerdos mínimos de respeto institucional. Solo devolviendo a la persona humana -y no a los dogmas populistas de los líderes de turno- el centro del debate, podremos salvar la libertad y la justicia del abismo de una nueva e interminable noche medieval; un oscuro retroceso al que, desgraciadamente, muchos aspiran hoy en día.
Para ello, urge avanzar en la creación de una instancia que desgraciadamente no existe para avanzar en esa dirección, de lo contrario es la humanidad la puede estar en peligro.
FUENTE: pressenza.com
